La comida de los mayores de A Pobra, que llegó a su décima edición, contó con más animación y asistentes que nunca. Fueron 1.140 personas las que llenaron el pabellón
16 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Tras una década de celebraciones, es lógico que la fiesta de los mayores de A Pobra siga un estricto ritual, que casi ninguno de los más de mil invitados de ayer quisieron saltarse. El primero de los pasos para asistir al convite empieza muchas horas antes de sentarse a comer. No en vano, se trata de ponerse las mejores galas, de pasar por la peluquería e incluso, como ayer había hecho una mujer de nombre Adela, «de botarse unha crema para estar algo bronceada». Aunque cada año parece que las mayores tocan techo en elegancia, lo cierto es que los vestidos y peinados de ayer superaban con creces los de anteriores ediciones. Tal era el glamur que hasta la recién estrenada conselleira de Benestar Social, Beatriz Mato, se arrepintió de no haberse puesto sus mejores galas. «O ano que ven, virei máis preparada», prometió la mujer.
En fila
Y si ponerse de punto en blanco era el primer paso, el segundo requisito de la fiesta era pasar por la iglesia de O Castelo donde, como paso previo a la comida de confraternidad, se celebró una eucaristía. Nada más acabar la misa, pies en polvorosa hacia el pabellón Venecia donde, a las dos de la tarde, las colas para entrar se hacían notar.
Luego, y mientras el batallón de camareros de Chicolino hacían magia y lograban, en un abrir y cerrar de ojos, plantar fuentes y más fuentes de marisco en todas las mesas, tocaba empezar a pasarlo bien. En unas mesas se hablaba de lo guapos que estaban los de la orquestas; en otras del tiempo que hacía que algunos no se veían... Y en todos y cada uno de los rincones del polideportivo se derrochaba alegría. «Hoxe non hai penas, isto é moi bonito», decía un hombre de San Lázaro.
Mientras esperaban para comer, algunos buscaban a los homenajeados de año: las parejas que durante el 2009 cumplen sus bodas de oro y que, en total, eran 54. Entre ellos estaban José Neira y Ramona Pérez que, al preguntarles cómo se sienten tras medio siglo en pareja, decían: «Só fai falta vernos a cara, ¿non parecemos felices?». Efectivamente, su rostro sonriente lo decía todo. Al igual que las ganas de baile y los alegres rostros que se veían por todo el pabellón indicaban que la fiesta, desde luego, tiene futuro.