Una urbanización ocupará el espacio rianxeiro en el que durante la Guerra Civil tres mil presos malvivieron y fueron obligados a realizar trabajos forzados
07 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Si dos viejas palmeras ubicadas en el lugar rianxeiro de O Castelo hablasen, seguramente contarían historias tan tristes como verídicas. Estos dos ejemplares fueron testigos de lo que sucedió en estos terrenos a tiro de piedra del puerto de Rianxo durante la Guerra Civil. Las mismas plantas que ahora resisten a los trabajos en ciernes para construir una urbanización de chalés vieron malvivir en esta zona a unos tres mil hombres. Ellas ya estaban ahí cuando el entorno se convirtió en campo de concentración. Sin embargo, afortunadamente, más allá de esta naturaleza verde, en Arousa aún quedan voces autorizadas para hablar de lo que pasó en O Castelo a partir de 1937.
Los historiadores Xesús Santos y Xesús Costas son dos de esas personas. El primero de estos dos hombres empieza a contar por el principio. ¿Por qué se eligió Rianxo para ubicar un recinto de presos de guerra? Santos indica que la zona de O Castelo reunía varias condiciones indispensables: se trataba de una gran concentración de terrenos, con unas instalaciones ya en marcha, ya que ahí hubo una salazonera y luego una conservera, tenía acceso directo al mar -las olas pegaban en los muros del campo- y, encima, no estaba demasiado cerca de la villa rianxeira.
Todo ello debió de ser fundamental para que, en 1937, se decidiese enviar más de mil presos juntos a Rianxo, todos del bando republicano. Pocas más obras se hicieron en O Castelo que no fuese poner una alambrada de espino. Los hombres -no hay constancia de mujeres presas- dormían sobre tierra y, si había suerte, tenían algo de paja. Tampoco las cocinas ocupaban mucho sitio: solo se guisaba una vez al día y, en muchas ocasiones, lo que comían los prisioneros eran berberechos de la ría.
El caso de Belarmina
De 1937 a 1940, que fue cuando se cerró el campo, la galería de horrores en O Castelo no fue pequeña. Lo saben los historiadores, que dicen que los presos llegaban a hacer carreras de piojos para matar el tiempo o que se les obligaba, en invierno y verano, a bañarse desnudos en el mar aunque no supiesen nadar. Pero, sobre todo, lo recuerda como si lo hubiese vivido ayer una rianxeira de nacimiento y vilagarciana de adopción, Belarmina Ordóñez. A sus 93 años, esta mujer no necesita enciclopedias para narrar qué supuso para Rianxo la llegada de los presos.
Ordóñez cuenta que la población se volcó con los cautivos. Dice que muchas familias tenían prisioneros en otros campos y que, por tanto, no dudaban en ayudar a los que llegaban a Rianxo con la ilusión de que en otro lugar de España alguien hiciese lo mismo con sus seres queridos. Su novio y luego esposo, del que enviudó hace casi dos décadas, por ejemplo, estaba en cautiverio en Asturias.
Y, quizás el vivir en sus carnes el horror o simplemente su gran humanidad, fueron los que llevaron a Ordóñez a traspasar una y mil veces las fronteras del campo para llevar tabaco, pan, ropa limpia o, simplemente, aliento a los presos. «Fui muchas veces, y lo que había era horrible. Estaban en malas condiciones y teníamos que ir a escondidas», cuenta ella.
Esta mujer recuerda especialmente a un preso, Andrés de la Torre, un asturiano que murió poco después de una jornada de trabajos forzados. En realidad, tal y como sospechan los historiadores, debieron contarse por decenas los fallecidos en O Castelo, aunque los registros los cifran en veinte.
El horror acabó paulatinamente en 1940. En camiones, siempre por las noches, los presos fueron abandonando Rianxo. En los terrenos del campo, dos décadas más tarde, se abrió de nuevo una fábrica conservera. Funcionó unos diez años.
Los nuevos tiempos
Luego, el abandono llegó a las instalaciones, y ahora se está en vías de construir una urbanización. Los chalés taparán el terreno. Pero no se llevarán los recuerdos de Ordóñez. Ni las palabras que algún superviviente y familiares de otros prisioneros -ahora mismo no está claro cuántas personas que estuvieron en el campo siguen viviendo- pronunciaron ahí en el 2003, cuando se puso un monolito en recuerdo de los cautivos. Ni, mucho menos, podrán con el sentimiento que lleva a un grupo de rianxeiros, cada 14 de abril, a depositar flores en este balcón a la ría de Arousa.