«Aprendí español viendo programas en la televisión»

BARBANZA

Shaposhnikova lleva cinco años residiendo en Ribeira con su marido

06 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Sebastopol es una ciudad ucraniana de 400.000 habitantes situada en la península de Crimea. Esta urbe destaca por sus industrias en el ámbito de la alimentación, la maquinaria pesada y, sobre todo, la construcción naval. Además, por sus cálidos veranos, es un importante destino turístico. Enclave estratégico militar donde los haya, su puerto es la base de la flota rusa en el Mar Negro. De allí procede Viktoria Shaposhnikova (1977), que desde hace cinco años reside en Ribeira, junto con su marido, Stalisnav. De hecho, su hijo, Daniel, de cuatro años y medio, nació en Santa Uxía.

Viktoria acabó en Barbanza por casualidad. «Mi esposo trabajaba como marinero para un armador ucraniano. Un día, la casa consignataria decidió abandonar el barco y a la tripulación a su suerte. Estamos hablando de 1999. Entonces, un empresario de Marín adquirió el buque y les ofreció un puesto de trabajo a los empleados. Stalisnav me llamó y me explicó lo que ocurría y decidí venirme a Galicia», señala esta mujer.

Los primeros años de estancia en la comunidad gallega fueron complicados, porque la pareja tenía que residir allí donde había trabajo. Vivieron en pisos de alquiler en A Coruña, Marín, Pontevedra y San Sebastián. Pero la estabilidad laboral y económica la consiguieron en Barbanza. Al poco tiempo de llegar a la comarca, nació Daniel. «Lo que más me gusta de la zona es la tranquilidad que ofrece. Da gusto ir por la calle porque no hay ese nivel de inseguridad ciudadana que existe en las grandes urbes. Además, el paisaje lleno de contrastes que ofrece la comarca es único», explicó.

Integración

Viktoria Shaposhnikova no necesitó mucho tiempo para hacer amigos en Santa Uxía. Y menciona con especial cariño a María José Carreira, que trabaja en el departamento de Servizos Sociais del Concello ribeirense. «Gracias a ella logré encontrar mi hueco, sobre todo al principio, en que la barrera idiomática es tan importante», señaló.

Reconoce que tardó un año en chapurrear algo de castellano. El sistema empleado fue poco ortodoxo. «Aprendí español viendo programas en la televisión» admitió. En la actualidad, se desenvuelve con extraordinaria facilidad en la lengua de Cervantes.

Viktoria cursó estudios de ingeniería, en la especialidad de maquinaria textil, en su Sebastopol natal, pero no le fueron convalidados cuando llegó a España. Su primer empleo lo consiguió en un locutorio, pero duró poco tiempo y se tuvo que ir al paro. La suerte le ha vuelto a sonreír, porque trabaja en una academia de Santa Uxía.

Su gran obsesión ahora es facilitar la integración de los inmigrantes que llegan a la capital de Barbanza, sobre todo a aquellas personas que proceden de Ucrania, un colectivo que aglutina a una veintena de ciudadanos, pero que hace dos años rondaba el medio centenar. «No me gusta que quieran aprovecharse de mis paisanos», sentencia. Y añade: «Una cosa es que busquemos un trabajo porque en nuestro país las cosas están complicadas y otra bien distinta es que se quiera abusar».

Psicología

Su labor no solo engloba cuestiones de papeleo o de tramitación de la documentación para obtener el permiso de residencia, sino que hace labores de psicóloga y de apoyo para las personas que vienen a Barbanza. «Como dije antes, la barrera idiomática, así como la idiosincrasia de cada zona hacen que la integración sea muy complicada. Por eso trato de colaborar, en la medida de lo posible, para que los recién llegados puedan valerse por sí mismos».

En casa hablan ruso

Aunque lleva ya nueve años fuera de Sebastopol, Viktoria no renuncia a sus raíces ucranianas. Cuando está en casa, su familia se comunica en ruso, incluido el pequeño Daniel. Las películas y los canales televisivos son sus principales referencias. «No quiero que el niño pierda contacto con sus orígenes», apuntó.

Sobre la posibilidad de regresar a Sebastopol, Viktoria la descarta. «Hace dos años estuvimos de vacaciones allí y las cosas iban mal; además, perdí el contacto con una parte de la gente con la que crecí. Puedo decir que mi vida está orientada en Ribeira». Eso sí, a veces echa en falta el ambiente y el trajín que se respira por las calles.