Maximalia
16 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h., en aquel tiempo si, este grupo de socios (el de la izquierda arriba es el camarero), posaban en la terraza de la Sociedad Casino de Noia viviendo su presente en verano con la seguridad que da el suave sol del atardecer. Todos menos uno miran al fotógrafo esperando que salga el pajarito. Todos menos uno que se apoya en la columna conformando una pose que años después Humphrey Bogart haría eterna a la puerta de su cabaret Rick's en Casablanca mientras veía pasar ante sus ojos su vida que se había diluido en París en las aguas del Sena. Así que la pose Bogart se inventó en Noia, como no podía ser de otra forma en este pueblo de artistas peritos en todas las lunas de Miguel Hernández. Muy probablemente estos hombres (ni una mujer aparece en el conjunto) de un modo u otro regían los gobiernos y desgobiernos de la villa. Unos con el poder que daba ser concejal o alcalde, otros con la fuerza del dinero aplicada a la empresa y otros con la dialéctica tertuliana en la que las pausas, los puntos y las comas, las señalaba el estallido de una ficha de dominó sobre el mármol frío y jaspeado tras los cortinones del primer piso. Esas tres sillas vacías, en primer plano de espaldas, bien podrían representar al pueblo soberano que observa a sus próceres en un rato de ocio finalizado un largo día de trabajo buscando el bien para la ciudadanía. Después de la realización de esta fotografía, los días fueron abarrotando las alacenas del tiempo y el sol, seguido por la luna y su maravilloso manto de estrellas, siguieron en lo alto del cielo contemplando desde la terraza de la galaxia como aquellos hombres iban poco a poco difuminándose deglutidos por la vejez y la muerte, y otros los iban sustituyendo con idénticas metas y mentalidades. Ochenta años Por la prensa, que se dejaba querer en la biblioteca, fueron pasando los golpes de Estado, las guerras, los heridos, el hambre, las plagas de piojos y la muerte torrentera que corría por los arcenes de los caminos y los campos, agua infecta que todo lo invadió hasta pudrirnos el alma. Superados los terremotos, las riadas, las enfermedades, henos aquí ochenta años después. Da dolor pasarse hoy ante la fachada del Casino y contemplar la sombra de lo que fue. Se amontona la suciedad en los cristales en los que un día se reflejaron los magnolios y por las columnas nobles resbala amugronado el tiempo que no perdona el abandono. Me he tomado el trabajo de asomarme desde fuera a la ventana y con dificultad he podido comprobar el otro lado, el lado oscuro. Inmediatamente me han venido a la cabeza los salones el Titánic, silenciosos, muertos de pena y soledad salada en el fondo del Atlántico. En los salones del Titánic hoy bailan los peces y las estrellas de mar componiendo un ballet delicadísimo al ritmo del silencio de Dios. En los salones del Casino no se ve a Dios por ninguna parte. La danza la interpretan los parásitos que carcomen sus maderas y el verdín alfombra los dorados. La electricidad se ha cortocircuitado camino de las lámparas y la luz se abre paso entre las grietas y riela en los mosaicos húmedos, hundidos en su propio vómito de azulejos. He ahí el paso del tiempo. De aquella gloria sólo queda polvareda con la que al atardecer el sol crea volutas irisadas y las suspende en el turbio ambiente del salón. Deberían contemplar esa fotografía los, ahora sí, hombre y mujeres que se disponen a gobernar Noia, esta vez bajo la túnica sagrada de la democracia, a fin de convencerse de lo efímero y, por tanto, lo valioso que es el tiempo que la historia les concede para decidir lo más provechoso para los ciudadanos que no son sino esas sillas vacías que les contemplarán posando para la historia en una foto que, como la de hoy, se tornará sepia en su agonía de papel. Les toca a ustedes ser los reyes del mambo. Afinen y no nos amarguen el baile.