El beso de Judas, según Amboage

Maxi Olariaga

BARBANZA

Un beso puede valer un amor, una ciudad, un sueño inalcanzable. No se puede cuantificar su medida. No se puede preguntar, ¿cuánto cuesta un beso? No tiene valor monetario, ni en oro ni en plata ni en piedras preciosas o en especias olorosas traídas del confín de los mundos. El beso de Judas, sin embargo, si tuvo un precio. Treinta piezas de plata. Tanto Mateo como Marcos escriben en sus evangelios que Judas besó al Nazareno muy tiernamente, lo que conlleva un acto de cobardía y abuso de confianza extremos ya que sabemos que era una señal. Iscariote besó a Jesús para que fuese así identificado por quienes iban a arrestarle. Plácido Amboage, que estos días expone en el Museo do Gravado de Artes su colección sobre los hechos que ocurrieron en la Pascua Judía, cuando Jesús tenía 33 años, da en uno de los cuadros su versión de la escena del beso de Judas. Es un cuadro poco visto. Parece como si los pintores de todas las épocas huyeran de su representación. Tal vez un psiquiatra interpretara que todos nos sentimos Judas en algún momento de nuestras vidas y en modo alguno queremos tener nada que ver con el personaje para no mortificarnos con el recuerdo. Más aún, un pintor, un escultor, un músico, un artista como Amboage que tiene que pasarse horas ante el lienzo intentando plasmar aquella traición. Puede que su alma sufra convulsiones y su mano tiemble a cada trazo. Quizás dude al elegir cada color, al posicionar a a los personajes, al identificar aquel hecho como la gran traición, el engaño nefando que ningún ser humano debe hacer jamás. Vender a otro ser humano para que sea destruido y entregarlo a los destructores con un tierno beso. Me imagino a Pablo Amboage ante el lienzo blanco, vacío. No iba a pintar un cuadro, una escena. Se trataba de pintar una historia eterna en un solo cuadro. Porque aquel gesto que se proponía reproducir, el beso de Iscariote al Nazareno, como bien podemos comprobar en el presente, iba a cambiar el curso de la historia. Aquel beso entre los olivares de Getsemaní bajo la luna llena que se miraba en la cúpula del templo del gran Salomón se iba a convertir en una explosión atómica que perduraría hasta nuestros días con las consecuencias que conocemos. El Greco insinuó aquel gesto en el Prendimiento de Jesús , y Van Dyck llegó a lo sublime en el El beso de Judas . Después, silencio... algún grabado de Doré y aquel beso la humanidad se lo guardó en la más oscura buhardilla del cerebro donde duermen los horrores, la abyección, el crimen, la traición. Plácido Amboage cuelga hoy su visión de aquella noche en Jerusalén y enmarca el cuadro en unas dolorosamente retorcidas ramas de olivo sin duda premonitoras, anunciadoras de una corona de espinas que haría correr la sangre por la frente de Jesús hasta sus mejillas para borrar el beso de la afrenta. Lámparas y antorchas iluminan la escena; y los rojos, naranjas y ocres se reparten con el verde el espacio iluminado. Un nazareno muy clásico en su pose mira al vacío, y Judas, consciente de su infamia, no refleja si ya ha besado o todavía no a su maestro. A partir de ahí el sueño estalla, la imaginación se desboca y la historia pasa ante nuestros ojos con el estruendo de los carros de guerra, los gritos de súplica, las manos alzadas rogando a los cielos inhabitados que nos libren de las pestes, y las madres ocultando a sus hijos en su pecho para que no sean arrastrados por el imparable y asesino río de los hechos históricos. Uno se queda estupefacto ante esta escena que ya creía olvidada, y sin más cientos, miles de Judas se aparecen y bailan la tétrica danza de la muerte. Vayan a ver la exposición. En medio de tanto ruido, de tantas prisas, de tantos besos, tal vez encuentren una razón para besar tiernamente, para darle a un beso la trascendencia que tiene el ser humano. El beso no tiene un precio. Tiene un valor. Lo que pesa la ternura en la balanza del firmamento.