Un mar sin aliento para saludar al Traba

Maxi Olariaga

BARBANZA

Vivir como vivo, frente a la ría de Noia, en pleno centro de la villa, imprime un dolor que acompaña, irreparable, al alma. Esa bajamar tan obscena que descubre el olor de la miseria. La naturaleza abatida por la mano inteligente se extiende ante mi galería y la seducción que la mar debe ejercer sobre todo aquel que la contempla se convierte en una aversión deletérea que se propaga por la sangre a través del olfato y de la vista. Toda la extensión de mi vida he contemplado la decadencia cruel de mi pequeño mundo marino. Recuerdo al calor del brasero, las palabras que volaban por el salón cuando había tertulia en casa. Recuerdo a mis padres, «dicen que por fin la ría va a ser saneada». Ellos y yo nos hemos hecho viejos esperando el trasplante de piel de agua salada que se merece la belleza de los malecones. Viejo se hará mi hijo y cuando algún atardecer, revolviendo en mis abandonadas carpetas, se encuentre este artículo volverá sus ojos a la ría putrefacta, atestada de ordenadores, lavadoras, vasos, teléfonos, pantallas y teclados. Aquel lodo tecnológico estará para entonces a punto de rebasar los pretiles y como una fétida lengua informe comenzará a asomarse a las aceras por los balcones de los norayes a los que se amarraron los blancos veleros que iban y venían a Vigo, a Trincherpe y también al sur, a Cádiz y a Sanlúcar. Quizás entonces a mi hijo, aquel cementerio de alientos humanos le parezca la fatal consecuencia de lo poco diligentes que fueron sus padres al no evitar un crimen tan perfecto y perverso. Sentado al lado de la vieja grúa, que para entonces parecerá el decrépito muñón de hierro de un robot primitivo, mientras el viento juega con sus canas, recordará que desde la galería pudo ver la mar cuando era niño. Sus padres la vieron agonizar, pero a él le tocó verla morir. Tal vez en ese futuro, el término ría de Noia haya desaparecido de las cartas náuticas y quizá también los niños noieses ignoren para qué sirve un remo, un estrobo, un chicote. La peste se lo habrá llevado todo. Desalentada marea La mar de Noia está maldita por los dioses, y no es sino un Sísifo líquido que, apenas lame las arcadas del puente, se viene abajo estrepitosamente, arrastrando cajas, tripas, colchones y desgarros de unas vidas errantes que preceden en su regreso al mar irremediable a aquellos que fueron sus propietarios. Por ahora, el Sísifo de agua se retira y cada doce horas aparece por Testal, arrastrando con una maroma de algas, la desalentada marea. Penetra hiriéndose los pies en la escollera y avanza penosamente hasta la punta del muelle. Los patos, como vigías en un palo de señales, lo ven venir como un Nazareno arrastrando su cruz. Noia llama a voces a la mar. Implora su presencia. Y la mar vuelve cada día más enferma, más fatigada con su corazón cubierto por el cieno. Se va dejando cada día un centímetro, dos. Últimamente, se ha quedado sin aliento para saludar al Traba, que desciende en tecnicolor desde San Bernardo. Miles de mújeles negros como el agua habitan colonias en la frontera agridulce de los puentes, y los turistas les hacen fotos y hasta lanzan la caña en sus vacaciones. Es patético este ir y venir del anciano mar. Dura es esta agonía para él y para nosotros, sus próximos. De vez en cuando, pasa a verle el equipo médico habitual y toma notas en su agenda sin hojas. Los doctores ladean la cabeza. «Esto tiene mala pinta. No hay más que verle la cara. Esos ojos hundidos, esa nariz afilada, esos pómulos agudos como una pirámide...», dicen, y se van a sus despachos. Sí, ellos se van a sus despachos y nosotros nos quedamos con este mar condenado a muerte dura, a una muerte que no se muere nunca. Cualquier atardecer de estos, cuando baje la marea, me voy con ella en su espesura aceitosa. Que me busquen en las aguas limpias. Más allá de monte Louro.