DESDE FUERA | O |
17 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.MIENTRAS POR mi profesión hago el trayecto Noia-Ribeira por la costa, siempre en autobús (lo de conducir lo he dejado), me admira la belleza memorable de los lugares que habito. La visión de la mar dormida a través de los pinares de Taramancos sosiega el ánimo más sobresaltado. A Creba parece un gran cetáceo descansando de su osado viaje al sur. Desde la distancia, las lanchas y sus tripulaciones mariscando en breve espacio de A Misela semejan un embaldosado multicolor y semoviente sobre el que navega una bocanada de aire vegetal que exhala la desembocadura del Tambre. Pero entonces recuerdo a aquel hombre que falleció aplastado por un gran eucalipto durante una tala. Recuerdo a aquella viuda ensombrecida pidiendo justicia. Al coronar las curvas de Boa se puede ver la arena blanquísima de O Freixo lavada por un agua sobre la que podría esculpir Miguel Ángel su Moisés, pero traiciona la belleza aquella tarde en la que un muchacho se ahogó rodeado por la multitud sin que nadie sintiese sobre sus cabellos el paso frío de la muerte. Se detiene el autobús en Portosín y da dolor ver aquel olímpico litoral convertido en un monstruo de ladrillo y cemento, donde hasta los edificios construidos con sentido de la estética pierden su belleza violados por la fealdad que los rodea. Ya enfila el autobús la recta de Aguieira y me emociona el gavilán planeando sobre el chal dorado de la playa, mas tras la arboleda aún burbujea la sangre de una mujer sorprendida por el seco golpe del destino que descargó sobre su frente una mano desconocida que quizás haya estrechado alguna vez yo mismo. Entre Fonforrón y Arnela juega el autobús sobre el acantilado trabajado por el cincel del viento y del salitre, y tras la última curva aparece la casa donde un hombre joven entregó su vida en una soga. Cierro los ojos. Demasiada sangre para soportar tanta belleza.