Botellón

JUAN ORDÓÑEZ BUELA

BARBANZA

DESDE FUERA | O |

09 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LOS VECINOS se echan a la calle porque no aguantan más. La rebelión avanza y contagia barrio tras barrio, pueblo tras pueblo. Y eso que no es nada fácil movilizar a una población habitualmente pacífica y hasta se podría decir que pasota. Sin embargo, lo que está pasando en la actualidad es algo que se veía venir desde hace muchos años. Se puede decir incluso que quizá no se había visto nunca: la rebelión de las masas anónimas sin que intervengan ni partidos ni sindicatos. ¿De qué se trata? Podría ser una reacción ante el crecimiento de la delincuencia, pues motivos hay para ello, deberse a un estallido xenófobo, como ha sucedido en otros lugares de Europa. Pero no, la causa es bien distinta. Los hasta ahora pacientes y resignados ciudadanos, que toman las calles para pedir soluciones urgentes y necesarias, claman contra sus propios hijos, de un ¡basta ya! que sale a la calle a desahogarse tras ser reprimido muchos años en el interior de sus hogares. La rebelión y la protesta contra el botellón es la manifestación evidente de un fracaso: el del sistema educativo, tanto familiar como escolar. En la inmensa mayoría de los casos, los padres están hartos de decirles a sus hijos que vuelvan a casa a unas horas prudentes, que no consuman alcohol y drogas, que no sean violentos, que conduzcan con precaución. Son mensajes largamente repetidos en la mayoría de los hogares españoles. El resultado es el que ya sabemos, pero para llegar a él ha hecho falta recorrer un largo itinerario de disgustos y de enfrentamientos hasta alcanzar la indiferencia con la que los padres terminan por acoger lo que hagan sus hijos, hartos de ser desobedecidos. Mientras las situaciones que se registran no pasen de los consabidos vómitos, temblores y palpitaciones, podemos dar gracias a Dios.