Otoño

| MONCHO ARES |

BARBANZA

DECIDIDAMENTE, EL otoño tiene bien merecida su mala fama. Parece que la vida se ha amoldado a los tiempos que corren y se deja llevar bajo mínimos durante el verano, para recordarnos en octubre los achaques, para pasarnos factura, como si llegáramos al final de una prórroga no escrita. Cuando la penumbra toma el relevo a la luz y al bienestar estival, el lecho matinal adquiere esa condición de refugio del que no deseamos salir hasta que el runruneo de las tórtolas nos invite a disfrutar del resurgir primaveral. Caen lluvias torrenciales que vulneran nuestra convivencia, malo; la sequía amenaza el futuro hidrológico, malo; el otoño laboral ya es tradicionalmente reivindicativo, malo; la tos nocturna de los niños nos recuerda que empezó el curso y las visitas a la pediatra, malo; la gripe espera detrás de la puerta, malo... Puede que, realmente, el pesimismo sea la resaca del estío.