DESDE FUERA | O |
30 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.LAS PUERTAS de Agosto que se abrieron a la alegría liberando miles de palomas y pétalos de flores, se cierran hoy con un crujir de huesos machacados, futuros inciertos, pasados gloriosos. El mar se alimenta de huellas humanas. Su larga mano de espuma parece contonearse como una serpiente sobre la orilla arenosa y abandonada. Se lleva pisadas, plásticos, un balón de colores y unas gafas de buceo de un niño de Burgos que no consiguió ver a los pulpos ni a los delfines como soñaba hacerlo embobado ante la televisión con los documentales de National Geographic. San Ramón baja enviado por Dios a Bealo y convida a las familias a una última ronda. Reparte vino y pan, bendice el vientre de las mujeres y con el ocaso empuja a la multitud monte abajo y cierra las puertas del cielo. Así, desamparados, desnudos e inermes entramos en septiembre a enfrentarnos con el odio, con el rumor lejano que anuncia la estampida. Con la huida hacia adelante que a poco se transforma en la huida de nosotros mismos horrorizados de habernos conocido. El otoño que podría ser como era, un bálsamo mágico para curar nuestras crueles heridas, abre su boca descarnada como una sima en la que todo lo amado se extravía. Pronto llegará la Navidad para volver a mentir. Para hincar la rodilla ante un calendario de oro.