Libélulas

MAXI OLARIAGA

BARBANZA

DESDE FUERA | O |

23 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

HABÍA UN hilo de seda tejido por gusanos laboriosos que unía la llamada de la sangre desde Afganistán hasta el Pacífico, desde las descarnadas llanuras de Herat hasta la liquidez exultante que adorna Lima y El Callao. Era un hilo de seda frágil y nervioso, que vibraba cada mañana con el viento del recuerdo. A medio camino, al sobrevolar Barbanza, los gusanos habían diseñado un nudo, un sencillo as de guía, para señalar el punto de encuentro de las dos almas sujetas a sus extremos. Un puente tendido desde oriente a poniente sobre dos océanos y tres continentes. Una obra arriesgada, una atrevida visión de la utopía de una familia unida por la levedad increíble de la seda expuesta a la furia de las relaciones humanas. A poniente, un veterano patrón en busca de la ardora que señala la pesca mejor que algún moderno sónar. En oriente, un niño soldado. Tan tenue aún su aliento, tan inexperto, tan amado... En algún momento, durante un segundo, decayó la brújula y se estremeció el goniómetro. Al hombre de oriente, al padre del niño soldado, se le llenó el corazón de arena. Una libélula había quebrado el hilo de seda. Una libélula se había llevado en sus alas, cabalgando desbocada, al niño soldado, uno de los nuestros.