La esperanza perdida

MAXI OLARIAGA

BARBANZA

M. MORALEJO

MAXIMALIA | O |

21 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

AQUELLOS ABUELOS eran entonces en su mayoría nietos. Y sus mayores no podían en modo alguno adivinar el Inserso ni las casas de jubilados ni las sesiones de aeróbic para la tercera edad. En realidad, en aquella época no existía la tercera edad. Era un término desconocido por tanto tan inválido como la rueda antes de ser inventada. Uno pasaba de joven a viejo en una noche, quizá la noche de bodas. Te acostabas como un Apolo y amanecías con sombrero y corbata, con boina y chaleco negros y con el rostro contraído por la pesadumbre. Las responsabilidades de la vida comenzaban a asomar colgadas de la comisura de los labios. Era un salto en el vacío y la caída no se producía en una intangible y flotante cámara lenta, sino que era súbita, dolorosa, atroz. De ser Manolo, en 24 horas, pasabas a ser señor Manuel o don Manuel. Era traumático pero en aquella época no había traumas ni psiquiatras, ni clínicas psicológicas que trataran esos males. Había enfermos mentales, esquizofrenia e idiocia y médicos desorientados ante la inestabilidad de la mente humana, un laberinto en el que se adentraban como Teseo, pero sin la precaución de ajustar a su cintura el hilo de Ariadna para impedir el extravío en las amplias avenidas y las angostas callejuelas que conformaban las neuronas desordenadas bajo el cielo protector de las meninges. Eran tiempos de días estrechos, de noches anchas y oscuras. No existían ni el pasado ni el futuro. Sólo el presente deambulaba entre las gentes sumergidas en el mar de la inocencia extrema. Quizás el futuro consistiese en esperar el Carnaval o los toros de agosto, y el pasado, en evocar la pérdida de Cuba y Filipinas. Para la gente, el paso de los días no era sino el balanceo del péndulo del reloj de la barbería o la hoja que cada mañana se desprendía del taco del calendario con ese bisbiseo que produce la goma aromática que enlazaba unos días con los siguientes, unos años con otros. Me cuentan algunos de los que sobreviven a esa instantánea fotográfica que las gentes se acostumbraban a la monotonía del paso del tiempo, a sus alegrías y quebrantos como los perros callejeros a las pulgas. De vez en cuando, un aguijonazo más ácido que de costumbre te estremecía el esqueleto del alma. Te rascabas la cabeza y con una sacudida general recolocabas los músculos sobre la osamenta. Todo se apaciguaba al instante y, sin moverte ni un solo paso del presente, te incorporabas a la historia del mañana que no era otra sino la misma del hoy. Ignorando su belleza ondulada, los veleros entraban y salían del muelle del Marqués sin sospechar cómo en el futuro se les echaría de menos. Como mariposas tornasoladas, las velas desaparecerían tras el recodo de Testal rumbo a la mar libre y limpia como sus lonas. En la aldea se masticaba el dulce olor del heno fresco, incontaminado. ¡Qué cosas! Cuando a mediodía tañía la campana, la gente se persignaba y musitaba una jaculatoria. Creían en aquel gesto como hoy se cree en el becerro de oro. Pero aquello, aunque no sirviera para nada, a nadie dañaba ni ofendía. Aquellos abuelos eran inocentes pero no ignorantes. Sabían quién era quién, pero la vida era tan pausada, tan saliente, tan templada que podías encontrar la esperanza al doblar cualquier esquina porque la esperanza habitaba entre los seres humanos. Algunos de los seres humanos que posan en esa fotografía aún viven y vivieron aquella vida tranquila de pueblo sosegado. Súbitamente todo se vino abajo. El olor as pólvora devoró los aromas del heno y el reloj de la barbería volcó las horas unas sobre otras. El planeta se montó en un caballo de fuego que desbocado voló sobre los meses y los años. El ruido liquidó las cuentas del silencio con un fragor de montañas abatidas y los cables y las ondas nos unieron para terminar de separarnos. Cuanto más fuimos sabiendo unos de otros más nos hemos ido odiando. La esperanza se refugió en la cara oculta de la luna y los psiquiatras, que seguían sin descubrir nada nuevo bajo las meninges, aportaron cientos de síndromes, cada cual más enrevesado que el anterior. Esa fotografía fue lograda justamente en los días que precedieron al formidable terremoto que cambió la historia. Iban a los toros, dicen. Distingo a Salomón de chistera, a Rubiche, a Angelita, a los hermanos Juanito y Teresa Ageitos. A Gonzalo Durán y a Mamá Lola, a Torpedero, a Cao y a Chonita. Quizás ande por ahí Renato. Está Casal, corresponsal de todas aquellas horas para La Voz de Galicia. Casal era sastre y reportero. Dio fe de aquellos días y de los que siguieron. Aquellos días en los que ciertamente los abuelos, los jóvenes abuelos, pudieron, los últimos, hablar cara a cara con la esperanza. Lo que sabemos de ella, por ellos lo sabemos. Nunca más volvió ni volverá, creo. La esperanza.