MAXIMALIA | O |
16 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.KERMAN, MI hijo, trabaja en la planta de reciclaje de Lousame. «Te traigo un disgusto», dijo. Y sobre mi mesa dejó un ejemplar en rústica de Cien años de soledad , el libro contemporáneo que más amo. Lo había encontrado clasificando cartonaje y papel y yo me imaginé el cadáver de Gabriel García Márquez desmadejado en un contenedor, vapuleado por un brazo mecánico y finalmente triturado en un multicuchillas. ¿Quién puede tirar un libro a la basura? Esa pregunta se me hizo doblemente angustiosa al tratarse precisamente de ese libro. Porque se trata de un libro nuevo. Un libro honrado y pobre sin nada que lo vista de domingo. 389 páginas humildes, ásperas al tacto, y con un evidente ahorro de tinta en su impresión, como si el editor se viese forzado a recortar gastos para abaratar lo más posible el producto. Por no tener, no tiene la etiquetilla que la tienda o el distribuidor colocan en el precio. Ni siquiera sobre sus hojas se extiende la huella de un lápiz con un subrayado que evoque un interés momentáneo. Ni una dedicatoria, ni un desgarro. Parece un regalo no deseado. Quizás de una novia. Camino de casa, después de besarse, el novio abrió el paquete de papel satinado y se encontró, cara a cara, la mirada oscura de García Márquez y no con la Historia de las Ligas Europeas. Fue un acto reflejo, pero el libro salió despedido de sus manos y se ahogó en el contenedor de la esquina. Tal vez un padre decepcionado el día de San José, esperaba un manos libres para el coche. O una linda muchachita que el 14 de febrero aspiraba en sueños al perfume de moda. Desde el día que mi hijo trajo a casa el libro se me ha instalado un quebranto. Todavía no es una obsesión y espero que no llegue nunca a ello. Se lo diré de una vez. Me fijo en los contenedores. No los toco ni hurgo en su vientre, pero les miro de otra manera. Llevo, como usted, años relacionándome con ellos a última hora de la tarde, pero jamás había reparado en su presencia. Fíjese bien, si tiene un minuto. Son monstruos amenazantes. Abren sus fauces a los aires con la presunción del que está seguro de comer ese día y el siguiente. No mueve ni un músculo de su piel verde endurecida con aleaciones de plástico. Y espera. Sencillamente espera. Sabe que usted pasará a las 19.30, y yo, a las 19.50 horas. No le saludaremos ni le daremos las buenas tardes. Sin mirarle siquiera, arrojaremos en aquella boca verde la ración de bienestar que nos sobra. Aquel monstruo la deglute, la acomoda en su panza fétida y sigue con su boca abierta hasta que la comida se derrama por sus labios y lo rodea hasta vestirlo con un abrigo de mugre en el que se mueve un mundo vivo y exultante. Insectos, gusanos, y la gran reina, la gaviota que instala su trono y su territorio. Gaviotas vagas Desde que inventamos los contenedores, la gaviota se ha vuelto vaga y conformista. Pronto desaparecerá aquel vuelo bellísimo en el que aprovechaban las corrientes de aire con exactitud algebraica. La gaviota se quedará a vivir en los contenedores y en los grandes basureros y con los años no podrá remontar un solo metro en el vacío. También cambian nuestros comportamientos. Aproveche ese minuto que le he pedido y observe al género humano. Hay verdaderos artistas que embocan la basura desde más de cinco metros. Alguno supera la marca y consigue el mismo fin, pero desde un coche en marcha. Estos suelen ser jóvenes a los que se les nota en la cara el disgusto que les produce obedecer a sus padres en aquel trance. Los mayores se acercan al contenedor en dos grupos principales. Los distraídos que dejan la bolsa fuera del contenedor y los concienzudos que se hacen sitio en aquella amalgama hasta conseguir que sus desperdicios destaquen sobre los demás. Quizás sea una reivindicación inconsciente de que las cosas van bien en su casa. También están los tempraneros. Estos también son bipolares. Los que, temerosos, miran a todos lados por si está el guardia y los que pisan fuerte y con el sol en todo lo alto arrojan el bolsón sin posibilidad de réplica. Quién fuera un gran ensayista para elucubrar sobre el comportamiento del género humano a partir de su peculiar manera de desprenderse de sus desperdicios. Por ahora, me conformo con pedirle a mis autoridades que velen por este sucio asunto. El espectáculo en el centro de nuestras calles, al borde de paisajes maravillosos es deplorable además de apestoso. Y los ciudadanos, a nuestros hijos tendremos desde la cuna que enseñarles cómo y qué hacer con todo el desperdicio que generarán en su vidas. Tal como están los tiempos, tal como se está arruinando el planeta, quizás ésta en el futuro sea la asignatura más importante de sus estudios. Fíjese bien y quizá descubra que ya estamos viviendo rodeados de basura. Para esto, tantos siglos..., al final nos hemos vestido con nuestros propios desperdicios y nos enfrentamos a quizá los últimos cien años de soledad. Post scriptum. En mi artículo anterior sobre Los Ellos no están todos los que son ni son todos los que están. Olvidé citar a la niña Julita Romaní y a la viuda de Fabeiro. Y cometí la falta de convertir a los hermanos Arufe en hermanos Dosil. Ay corazón, corazón, ¿en qué estarías pensando?