MAXIMALIA | O |
09 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.AHÍ TIENEN ustedes, en un solo plano inclinado por el maestro Esteirán, las mejores voces de Noia de finales de los años cincuenta. Aquella polifonía era tan perfecta que solamente necesitaba una guitarra, la que ahí aparece conducida por las manos maestras de Manolo Baltar. Manolo siempre tuvo un humor muy surrealista, así que bautizó al grupo como Los Ellos -«Nosotros somos los ellos», decía con sorna- y por ese nombre fue conocido en todo Barbanza. No se crea usted, no actuaban en las fiestas o en las bodas como hoy se hace, no. Los Ellos aparecían en una casa conocida después de la comida o la cena y, cuando te dabas cuenta, de las lámparas colgaban docenas de habaneras y la música guaraní subía y bajaba por las escaleras. En las noches de verano, los vecinos salían a los balcones a escucharles y más de una vez el señor Candal y José, serenos que hacían la ronda de noche, se paraban ante la casa iluminada a las tres de la mañana y se quedaban como público de primera fila capturando aquella catarata armónica que se perdía calle abajo camino del Traba. Eran casi todos comerciantes y funcionarios y la mayoría, solteros entonces, buscaban al amor soñado entre las cuerdas de la guitarra. Hasta hoy, permanecen en este y en el otro mundo prendidos a las memorias con un imperdible de oro entre la mar y las nubes y, en alguna vieja taberna de Noia, A Pobra, O Son o Ribeira aún se puede oír cantar la pena entre el vino a algún viejo jubilado: «Era una noche azul, azul como ninguna. Era una noche azul, azul bañada por la luna. Cuando dijiste tú, adoro este momento». Fue una Noia histórica. Ahora, los pueblos, las ciudades se parecen penosamente unas a otras. Lo mismo da tomar una copa en Burgos que en Vigo, en Boiro que en Noia. La misma barra, la misma copa, el mismo zum, zum, zum de fondo. Se hace difícil la comunicación entre los seres humanos; de hecho, percibo que todo está estudiado para que así sea. Cuanto menos nos hablemos, menos sabremos de nuestras ideas, menos nos querremos, hasta ignorar los nombres familiares y sustituirlos por el vocablo «tío», que sirve para todo. Lo mismo sucede con las palabras. El léxico se está reduciendo hasta la alarma y con cuatrocientas palabras basta y hasta sobra para comunicarnos. El debate de recuperación de la historia pasada sufre constantes ataques y acosos de gentes que acusan de ñoños, sentimentales, inmovilistas y hasta involucionistas a los que nos detenemos en aquel tránsito de nuestra vida para, desde la distancia de la madurez, analizar aquellos hechos, aquellas sensaciones, aquellas vidas que se fueron quemando como leños en la chimenea volcánica de las generaciones. Con motivo de la presentación del libro sobre el navío Joaquín Vieta , su autor, Pepe Agrelo, dijo que tenemos que tener muy presente el pasado para creer en el futuro y para saber afrontarlo. Dicho por Agrelo, una de las mentes más lúcidas de nuestra tierra, fue para mí un bálsamo que me guardaré en un pomo para curarme futuras heridas. Como siempre, en su tiempo presente, Los Ellos no sabían que eran el último arpegio, el último acorde, la última y maravillosa ronda nocturna que recorría los hornos, las tabernas y las casas de Noia y de Barbanza. Con sus voces, iba la armonía saltando de ventana en ventana y de farola en farola, y la calle se quedaba limpia y perfumada. Los Ellos abrieron la última claraboya a un modo de vida irrepetible. Un ventanal con visillos tan sutiles que se ha quedado suspendido en el tiempo el paisaje que desde él pudiera divisarse. Hoy, lo adivinamos a través de fotos como esta en las que ya el maestro Esteirán anunciaba una nueva era con ese plano inclinado que más tarde se encargó Lazarov de explotar hasta el hartazgo. En la parte superior, lo que parece un marco fotográfico no es sino una ventana interior que da a la escalera en la que Los Ellos, como buenos gallegos, no se sabe si suben o bajan, pero sí se aprecia que cantan. Por hacerles un homenaje, los nombraré. Están en la escalera mi tío Germán, Manolo Baltar, Chuché, Rosa Barcia, Lolita Baltar y su hermana, Milucha y Marujita, los hermanos Diego y Jesús Dosil, Carmen Romaní y Lolita Fancheira. En la ventana, Delfina Barcia; al fondo, su hermano Juan; y a su lado, Severo Loroño, que me regaló esta foto. Esa música aún se oye en la escalera y se lo aseguro porque es mi domicilio. Aquellos valses y corridos, aquellas cuecas y boleros duermen en el silencio grave del ambiente. Los fines de semana, al otro lado de la puerta, se escuchan alaridos, explosiones de vasos y botellas contra las paredes y, como esta última noche, cristaleras de tiendas que se desmoronan ante el empuje de los que nunca han oído cantar a Los Ellos. ¡Qué pena!