El valor se le supone

MAXI OLARIAGA

BARBANZA

MAXIMALIA | O |

05 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

ESTE SOLDADO de finales de los sesenta, siglo pasado, parece tener muy claro el asunto profesional en el que habían invertido su vida. No creo yo que en el Ministerio de Defensa, antes Ministerio del Ejército, se conserven muchas fotos oficiales de mozos españoles que entreguen su vida a la patria con tan optimista actitud en su ánimo. Aunque bien mirado, también pudiera ser que a aquellos agrios militarotes que preservaban al régimen como pretorianos, se les colara esta sonrisa burlona como se les colaban escenas cinematográficas o libros peligrosísimos venidos del extranjero. Aquellos censores, frecuentemente, cuando les señalaban la luna con el dedo, los muy necios, miraban al dedo. La mili, ciertamente, era un suceso en la vida familiar de impredecible resultado. En unas casas, la marcha del mozo era una liberación, una boca menos que además traía el beneficio, la ocasión de aprender el arte de la mecánica. A la vuelta, el mozo-hombre encontraría fácilmente empleo en un taller para poder casarse y fundar una nueva familia. Por el contrario, en otras casas, la mili dejaba el hogar en el mayor desamparo. Quizás un joven marinero era el único sustento de un padre tísico y de tres hermanos menores que piaban como pajaritos a cualquier hora reclamando su sustento. Entre el mozo que faenaba a la bajura en Portosín y la madre que acarreaba desde las fuentes calderos de agua a las casas de la villa -no existía agua corriente-, alimentaban a aquella prole castigada por la vida. El mozo se iba a Melilla, y la madre, además de subir y bajar calderos, tendría que limpiar portales, coser, cocinar, lavar y fregar bienes ajenos y dejarse a veces toquetear los bienes propios por el gomoso señorito de turno. Una tragedia. Entre año y medio y dos años duraba aquel período oscuro de la vida en el que no se hacía nada útil y lo único instructivo a conocer, bien se hubiera dominado en tres meses. Después, de la milicia quedaban los compañeros de quinta que te marcaban los años con una edad nueva. «Tú eras del 52 y Fernando del 56». «No, el del 56 era Pedro, y yo, del 53, igual que tu hermano». «Y, oiga, camarero (porque entonces se trataba de usted al camarero), ponga otros dos sol y sombra». Y así se podía pasar una tarde veinte años después de licenciarse y darte las horas de Joaquín Sabina, vomitando en los sucios aseos de una barra americana. Eso dejaba la mili. También dejaba alcohólicos irrecuperables y acomplejados de por vida. Seres alegres que un día lejano partieron en el Castromil hacia los acuartelamientos y retornaron sin luz en los ojos. Habían dejado la alegría colgada como un guiñapo en el mástil orgulloso de la entrada de la gran casa de la guerra y a nadie podían contar el cómo ni el porqué. Pobre muchachada infeliz. El tiempo fue limando diferencias y, paulatinamente, los militares fueron soltando lastre. Los acuerdos internacionales, la política de altura y la industria del armamento fueron imponiendo la razón económica del profesionalismo y, finalmente, los políticos nos vendieron como una prebenda lo que para ellos era una necesidad. El fin de la mili obligatoria. Allí se quedaron las horas cansinas dando lustre a las botas. La monotonía del «¡un, dos, un, dos... variación izquierda, ar!». La injusticia pertinaz de órdenes caprichosas con las que los entorchados débiles trataban de magnificar su vida arruinando la del soldado gordito, tartamudo o simplemente respetuoso. Ahora, con el profesionalismo, nos hemos enterado de lo crueles que son las novatadas y lo degradante de los comportamientos con el enemigo. Así que la mili no es obligatoria, pero la condición humana parece serlo y, al contacto con la pólvora fresca, despierta al monstruo viscoso de la cólera que el mozo soldado lleva en sus adentros. La mueca burlona de este soldado de segundo Batallón de Figueirido, CIR 13, de alguna manera parece anunciar lo que se les venía encima a los que acataban las órdenes de las charreteras. Dalton Trumbo filmaba entonces el clamor por la eutanasia de un soldado sin brazos ni piernas, Johny cogió su fusil , adelantándose a Amenábar, que bebió sin duda de esa agua aunque se ha dicho poco, que cerró el círculo rodando Mar adentro , en la que es un civil el que reclama tal derecho. El soldado de la foto, su ademán, parece adivinar, aunque entonces lo ignoraba realmente, que la utilización del hombre por el hombre no es, en modo alguno, un noble sentimiento y todas las banderas, las arengas y las pompas que rodean a la milicia no son sino una feria de vanidades que apenas oculta la retorcida condición de los seres humanos a los que no se da el valor que se les supone.