MAXIMALIA | O |
19 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.NO SÉ lo que daría por poder enfrentarme a la visión de esta postal con los ojos de un muchacho de veinte años de los días presentes. ¿Qué puede ver en ella? ¿Será capaz de vislumbrar el amor o, atónito, reventará su aliento en una carcajada? Me gustaría poder sentir, desde dentro de su percepción, qué fibras de su corazón mueve la casi aséptica actitud de la pareja en la que el caballero piensa arrobado en su ánimo. Está sentado, acaba de terminar una misiva de amor y, acodado a un escritorio neoclásico, deja que sus ojos derramen en su alma el acto final en el que se consumará el escrito. Es su deseo. Ni un mal pensamiento ni un cabello fuera de sitio. La pulcritud cerca las miradas arcangélicas de la pareja y el orden se establece, firme, allá donde uno mire. Si se fija bien observará que la mujer alcanza una mezcla de madre y hermana que nos impide pensar en cualquier relación carnal. Ni un beso, oiga. La delicadeza con la que el enamorado sostiene la mano de su prometida es un anuncio de que jamás habrá una palabra más alta que otra, mucho menos un mal gesto o una agresión. Él será un probo funcionario y ella una dulce ama de casa que olerá a ropa recién planchada y a galletas de almendra. Cualquier mañana de abril, una cigüeña depositará en una cunita con dosel de tisú un bebé sonriente y rollizo con un sonajero en sus manitas nerviosas. Cantará el sonajero y la pareja sonreirá abrasada por la paz que dan los dones del buen Dios. Nada parece que pueda enturbiar la postal. A su alrededor, como el agua del estanque herida por una piedra, se desenvuelve una espiral de aromas. Pan fresco, borotalco, colonia añeja y unas pizcas de canela. Y la paz de las tardes de domingo. Un paseo por el parque, un café en el Moderno y quizá, si la abuela se queda con la criatura, una película de mucho llorar protagonizada por Ingrid Bergman o Susan Hayward. Después, ella preparará la cena mientras él escucha los resultados de fútbol en la radio de lámparas que compraron con la paga del 18 de julio. ¡Bendito sea el Caudillo, aunque sólo sea porque nos trajo la paz! Lo demás es política, es decir, un mal asunto. «Haga como yo, decía Franco a sus íntimos, no se meta en política». Antes de medianoche, se apagaba la luz de la mesilla y las manos honradas de él buscaban, entre las lorzas del camisón de franela con margaritas, el vientre caliente y blanco de ella. A veces, el estruendo de la respiración agitaba los visillos. Otras, las más: «Déjalo, hombre, vas a despertar al bebé». Y los dos se quedaban boca arriba intentando averiguar, en un reflejo lunar del techo, las respuestas buscadas desde el principio de la historia. Para cuando la primera comunión del niño, él ya era oficial segunda en el ministerio, y ella, una experta bordadora, una ingeniera de la plancha eléctrica y un ángel haciendo las natillas los días de fiesta. El niño se había ido a servir a la patria de Sidi Ifni y no le verían en dos años. Una aciaga mañana de Todos los Santos, la Guardia Civil llamó a su puerta y les desgarró el alma con el mortal accidente que había sufrido sirviendo a la patria en una patrulla de zapadores. Ella se volvió melancólica y huraña y él se fue encogiendo dentro de su traje de oficial primero. A poco de doblar la esquina el primer verano sin el niño, un puñal de frío se hundió en el vientre de ella, que había dejado de ser caliente y blanco y en menos de un mes la pobrecilla ocupaba un baúl de tierra húmeda en el cementerio. Los restos del niño todavía no habían regresado de África y él se quedó solo con su radio de lámparas y unas servilletas de tela de Panamá con sus iniciales a medio bordar. Pocos años después, se murió de pena. Lo encontraron desmayado sobre la mesa camilla, sirviéndole de sudario el tapete de croché labrado por ella a ganchillo en las largas tardes de invierno. Pensaba yo en aquellas vidas, observando a un muchacho que, inundado por la vida, liaba un canuto sentado en el pretil del malecón. Si se lo contara, ¿podría entender aquella ínfima historia de amor? Podrían haber sido sus abuelos. Me acordé de la frase del cineasta y músico Emir Kusturica: «No quieren ciudadanos que se hagan preguntas. Quieren ciudadanos que compren». Hay una lápida en el cementerio descuidada y casi hundida por el paso de las lluvias. Bajo el nombre de una mujer, las horas que liberan los dioses del tiempo no han conseguido borrar una inscripción. Siempre tuyo.