El Carnaval ya viene

MAXI OLARIAGA

BARBANZA

MAXIMALIA | O |

05 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

CUENTA EL maestro Prudencio Romo que esta partitura de José Paz Ortiz fue compuesta para las rondas navideñas de los años veinte. Sin embargo, esta canción noiesa desde el primer al último compás, pronto cambió el turrón por la serpentina y el pueblo, como siempre sabio, enseguida le encontró más acomodo en las fechas de Carnaval, para lo que sólo tuvo que cambiar la frase «la Nochebuena vino» por «el Carnaval ya viene» y, así, ya la conocí yo y todas las generaciones posteriores. Mientras hervía el café de contrabando en el trébede y las copas de tres cepas se mantenían en pie milagrosamente sobre los manteles atestados de grelos y lacón, roscas y confeti, bisutería, caretas y pedrería de bordado, no había casa en Noia donde no se cantase esta canción. Es verdad que no se recogía la mesa y la parafernalia carnavalesca volaba de mano en mano entre dedales y alfileres, rematando los últimos festones, el último ojal, la última escarapela entre risas, filloas y orejas. Era una fiesta familiar. Se vivía intensamente en casa. Las pruebas antes de salir a la calle eran un desfile de alegría, de mejillas coloradas, de presentimientos y deseos. Al baile, sólo iban los mayores, así que la gente joven salía por la tarde disfrazada, llenando las calles de colores y carreras y allanando los caminos que, a la noche, alegrarían sus padres. Tanto en el Casino como en el Liceo, se programaba un baile infantil al que asistían más adultos que niños. Por lo general, cada niño iba escoltado por su madre, sus abuelas y sus tías, con lo que aquello parecía más bien un baile de comadres en el que las mujeres danzaban unas con las otras contoneando las caderas al ritmo de los mambos de la Lamas la Piña de Ferrol o de la Veracruz de Noia. Los niños no hacían sino correr de un lado a otro sin sentido alguno aparente. Como si al salir de casa nos hubiesen dado cuerda -las pilas eran escasas-, nos perseguíamos, nos acosábamos y con insistencia y constancia conseguíamos las monedas suficientes para comprar en la conserjería más confeti, más serpentinas, que duraban en nuestras manos lo que lo haría un gorrión asustado. A la salida, veíamos pasar la rondalla, otra maravilla perdida. Maestros de pulso y púa con sus trajes de Pierrot de grandes botones blancos, ablandaban los corazones con sus violines, mandolinas, laúdes, guitarras y panderetas. Azuzaban el aire con el trino y el compás en filas de tres y hasta de cuatro en fondo, y la piel de res que el hombre había logrado convertir en música hacía cantar por fricción las sonajas metálicas dándole a la música un carácter perfectamente ensamblado en aquellas fechas. No era una tuna, no. Era la rondalla. Qué dolor su pérdida... Al igual que la rondalla, el ochenta por ciento de la fiesta era imaginación y se comenzaba a preparar una vez que los camellos de Oriente se habían perdido tras los pinares de Toxosoutos. Prácticamente había que convertirse en un artesano. No había nada a la venta que se pareciese a un disfraz completo, con lo que las horas que ahora se pierden ante la televisión con el «runrún» de fondo de la lavadora, se empleaban en la confección de los disfraces con sus consabidas pruebas y sus consecuentes risas. Mientras se cosía, se hablaba y la gente se conocía mejor. Por eso siempre digo que la era de la comunicación era aquella, la de la palabra propia. Esta es otra cosa. La palabra empapelada, enlatada, prensada y, al final, aleada en un conglomerado de plasma con la imagen. La esfinge ha hablado. Los sacerdotes la repiten y el pueblo escucha y calla. Pienso con frecuencia que actualmente la gente está disfrazada todo el año y estos días simplemente remeda aquello que quisiera ser. Pudiera ser patético, pero el dios Momo lo perdona todo. Si no fuera así... se quedaría sin fiesta. El Carnaval ya viene. Disfrútenlo.