Ciudadano de segunda, o más

La Voz

BARBANZA

Después de un largo viaje transatlántico, cuando abandonamos el avión, de modo inconsciente, guardamos como referente el aeropuerto de Barajas, un aeropuerto moderno, abierto, amplio, limpio... Por eso, cuando después de avanzar por lóbregos pasillos podemos tener una visión parcial del John Fitzgerald Kennedy, no podemos creer que aquella imagen corresponda a uno de los tres de Nueva York, y el más famoso, así como uno de los de más tráfico de todo el mundo, un aeropuerto que acaba de atender al pasajero mil millones. De pronto, el avance de la fila se paraliza bruscamente: nos hallamos próximos al control policial de inmigración, y nos disponemos a tomárnoslo con paciencia y buen ánimo. Minutos después, una policía con gesto avinagrado desdobla el cordón apartando a los usuarios con pasaporte estadounidense, a los que perdemos de vista. El tiempo avanza parsimonioso y la fila, zigzagueando al compás de una banda textil, discurre más parsimoniosa todavía. Serios, reflexionamos. No nos explicamos cómo en pleno siglo XXI puede resultar así de tedioso el trámite aduanero, máxime si se piensa en el auxilio inestimable de la tecnología de última generación. Alcanzamos la sala de recepción propiamente dicha y observamos dos grupos de policías, los que reciben a los indígenas de allí, y los que atienden a los indígenas de aquí. La sala es lóbrega y triste. Está iluminada pobremente y, hacia el centro, un televisor sintonizado en la CNN vomita flashes de actualidad. Aburridos y hastiados, hilamos la hebra con otro pasajero. Comentamos acerca del calvario que los inmigrantes que intentaban acceder a Nueva York debieron de sufrir hasta hace medio siglo, con inspección médica y cuarentena incluidas. El interlocutor nos confiesa que ocultó en el formulario la existencia de familiares residentes en el país por temor a que tal hecho supusiese un agravante en el trámite. En torno a dos horas después de iniciado el proceso, superada la diligencia inmigratoria, podemos recuperar la maleta y respirar el aire bochornoso de un Nueva York en pleno verano y con un poco de lluvia. La ceremonia de vuelta no resulta más estimulante. Al acceder a la sala de embarque, la paranoia en torno a la seguridad lleva a que algún ciudadano deba descalzarse para pasar sus zapatos por los rayos X. En nuestro caso, debemos despojarnos de cinturón y calderilla, y, sin embargo, el sistema no detecta que en un bolsillo portamos las llaves de casa. ¡Ironías! La sala de embarque, de techo bajísimo, alberga simultáneamente a los pasajeros de dos vuelos, carece de aire acondicionado y el habitáculo de los servicios es minúsculo y sucio. El calor del ambiente cerrado y el olor a humanidad hacen penosa y desagradable la espera. Cuando el avión aterriza en Barajas, respiramos. En nuestro aeropuerto, sin establecer diferencias, el control de pasaportes atiende indistintamente a indígenas de allá y a indígenas de aquí. Cuando salimos, al contacto con el aire fresco del amanecer, no podemos evitar que aflore a nuestra mente el verso de Rosalía: «¡Miña casiña!, ¡meu lar!».