MAXIMALIA | O |
22 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.ES CALLE de cuesta abajo, que no de cuesta arriba. Cuando uno, lejos de Noia, recuerda esta calle, el pensamiento se inclina de arriba abajo, y para un noiés esto no es nada extraordinario. Es calle que lleva a la mar y esa tendencia natural del espíritu hacia las aguas y las amplitudes impide a la memoria el sacrificio de ascender trabajosamente, así que uno se abandona a la dulzura del descenso, a ese dejarse ir tan agradable, tan sedante como el perfume del opio. Pero como todo placer, esta calle encerraba para nosotros la tentación, el deseo incontrolable de arriesgar la vida que sólo tienen los niños en su inocencia. Era calle de adoquín y, vista desde los cielos, a los ángeles que nos guardaban debía de parecerles una caja de bombones. Tomando la calle desde su cima, entre el instituto y la casa de don José María Vázquez, nos desprendíamos sobre las dos ruedas cuesta abajo, con el único fin de pedalear sin tregua y de probar nuestro valor frenando lo más cerca posible del pretil del malecón. Al final de la cuesta, humeaban las zapatas y el olor a goma quemada te reponía del susto. Entonces, de reojo mirabas hacia las ventanas de don Modesto por si Amparito o Marina habían sido testigos de tu hazaña. Debido al adoquinado, un temblor sísmico se apoderaba de tus brazos y cuando sobrevivías te apeabas de la bicicleta con las muñecas descoyuntadas por la exagerada vibración del manillar. Los valientes acababan el viaje con un doble mortal sobre la ría y regresaban a casa embadurnados de lodo y con la bicicleta desarmada como las piezas del mecano. Ahora me doy cuenta de que, en segundos, recorríamos una calle llena de vida, de aceras limpias y de artesanos entusiastas. En el centro de la cuesta abajo y por su izquierda, el señor Paco herraba a caballos y yeguas. Moldeaba las herraduras una a una e iba y venía de la fragua a los brutos probándola en los cascos, como haría el vendedor de una zapatería de Serrano con sus clientes de más alcurnia. Recuerdo quedarme un buen rato, ensimismado, observando su tarea, y también recuerdo los vahídos que me poseían cuando el señor Paco, armado de formón y martillo, rebajaba, como quien esculpe una estatua, la uñada de las bestias. Siempre me parecía que, en cualquier momento, un río de sangre iba a teñir de rojo la piedra del suelo. Al lado de la herrería, en el primer piso, don Pedro Leiceaga nos preparaba para el examen de ingreso. Alrededor de una mesa oval de comedor, nos aleccionaba en el amor a la cultura y a las artes discursando con la voz prendida en la lengua y salpicando una palabra en francés por cada diez en español. «El francés es el idioma del futuro -decía-, de hecho es el que se habla en las embajadas y en los círculos diplomáticos». Aquello de los círculos diplomáticos no lo tuve claro hasta cuarto de bachillerato. Enfrente vivía don Constantino Sieira, secretario del Ayuntamiento, y sus tres hijas. A aquel hombre regordete y afable con nosotros, la gente le conocía por Foucellas , a saber si por la singular resistencia que este personaje mantuvo monte arriba contra el franquismo o por la fama bien ganada, según la Guardia Civil, que lo señalaba como un vulgar salteador de caminos. Los últimos zapatos hechos a mano y los primeros balones de cuero o badana, con cierre de correa, se exhibían en el escaparate del Plus Ultra, propiedad del insigne Eduardo Ces. Al fondo, cada seis horas, la ría brindaba su estriptís, retirando una a una sus piezas de agua y dejando al aire su cuerpo enlodado, poluto y grasiento como la horrible anciana de El resplandor . Mientras fui aquel verano a las clases de don Pedro, dormí siempre enamorado. El deseo llamaba a las puertas de mis venas cuando al atardecer veía bajar la cuesta, pedaleando orgullosa y rubia, con las piernas untadas en veriscrón, a María Alfonso Agra, sentada como una reina sobre el trono de su bicicleta. Una bicicleta de mujer.