DESDE FUERA | O |
10 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.YA DECÍA don Pío (Baroja) que la miseria material engendra, sin excepción, miseria moral. Podría parecer otra de sus extrañas ironías, pero no es así. La vida se está encargando de confirmar con los ejemplos estas impresionantes lecciones de la una y de la otra. La pobreza de ánimo arrejuntada con la otra, aunque nunca asumida del todo, produce estragos de esas gentes aparentemente bien pensantes. Pues bien, pensamientos pocos y obsesivos y acciones infinitas de esas que los humanos catalogamos todos de despreciables. Su criterio suele ser el de la caverna; su dialéctica, la murmuración, la forma de recompensar al que les envuelve y por lo menos en talante les supera, el silencio. Esta arma la utilizan con sagacidad de ángeles y con sabiduría de demonios. Esta gente no se ríe; sonríe con tantísima petulancia como negritud en su mirada. Juegan a la miseria y es que, en realidad, sólo son eso: miseria con manto de santidad. Utilizando un símil caritativo habría que decir que parece que muerden, pero sólo lo parece, porque su miseria les ha devorado sus propios dientes. Aunque, ojo, la intención sí que les dura.