Calle Espíritu Santo: El dardo olímpico

MAXI OLARIAGA

BARBANZA

MAXIMALIA | O |

08 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

CUENTA EPI, nuestro mejor jugador de baloncesto, que cuando en 1992 dio la vuelta al estadio olímpico de Barcelona portando la antorcha que las ninfas habían prendido meses antes en Olympia, a pesar del clamor y de los manifiestos vítores del abarrotado graderío, él cubrió la distancia hasta el arquero sin oír nada, sólo el pulso de su sangre y la circulación del aire en sus pulmones. Mostró al orbe el fuego de Zeus y flotando en el espacio prendió el dardo del arquero. Tensó éste la cuerda, se encomendó a Diana Cazadora y dejó que la saeta recorriera el breve espacio que la separaba de la gloria. La luz de Barcelona iluminó el mundo en aquella explosión química, y millones de bocas y ojos sorprendidos se abrieron a ella para inhalar aquel instante mágico. Muchos años antes, en 1957, los niños del Espíritu Santo, frente al Macelo Municipal -hoy Protección Civil- amontonaban leña y ramajos, cartones y prensa atrasadísima, hojarascas y redes veteranas hasta culminar el túmulo que, al ponerse el sol, habría de honrar a San Juan. Antonio en el la Panadera y su pandilla cruzaban el Puente Nuevo y, desde el otro lado del río, con humildes arcos artesanos creados a partir de las ballenas paragüeras, disparaban el dardo de fuego sobre el ara del santo. Así se encendía el lumeiro en el Espíritu Santo. Pero allí sólo aplaudían los ángeles de la guarda. Un par de veces por semana, al atardecer, salíamos disparados de la escuela, bajábamos el Curro, atravesábamos la Carreiriña y, sin respiro, llegábamos a las puertas del matadero por ver como los hombres sacrificaban las reses jóvenes. Todo era pavoroso. Golpe nebuloso Los terneros venían con sus madres, de las que los separaban sin miramientos. Arrastrándolos iban a dar al recinto por donde corrían riachuelos de agua y sangre. El animal se encontraba súbitamente a su hermano desollado, pendiente de la techumbre. Apartaba su vista horrorizado y hallaba frente a él al hombre. Dos brazos enormes, armados con un mazo de acero que acariciaba su testud. Entonces descargaba un golpe nebuloso y la res se desplomaba con los ojos muy abiertos. A mí me parecía que todos los terneros me miraban en aquel momento terrible y me flaqueaban las piernas. Me sobrevenía la náusea y me acercaba a la orilla del río. Al volverme, ya un alud de sangre concluía el sueño animal. A veces una mujer se acercaba con un vaso. Lo colmaba y así, tibio y rojo, lo bebía de un trago. «Para el mal del pulmón», decían. Yo volvía a acercarme al río y me sosegaba viendo balancearse en el agua la motora de Pepe Rondón y el Tamara de Manolo Ons, el alcalde. Eran barcos de paseo, cruceros de pueblo flotando en un mar pequeño y semidulce. A la entrada de la calle, en el mismo edificio que fue hospital (siglo XIV), Xanicas tenía la cuadra del caballo que arrastraba el carro de la basura, y el Estado, la oficina del fielato y la prevención. Siempre recuerdo a un hombre; su miraba tras la reja carcelaria que daba al río. Un hombre preso que nos veía pasar. A mí me daba lástima, pero los mayores decían «non miredes» y te anestesiaban el alma y la pena. Con la maza que se abatían las reses alguien más tarde derribó el edificio consumando un atentado contra la historia y la razón. Los niños crecimos y, un atardecer de verano, despertamos ya adultos al ver el dardo olímpico. El dardo que Antonio había lanzado 35 años antes, acababa de hacer blanco en el pebetero donde, entonces comprendí, se consumían nuestras vidas como un racimo de estrellas.