A Corredoira: olor a papel mojado

MAXI OLARIAGA

BARBANZA

MAXIMALIA | O |

01 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

LA PRÓXIMA primavera se cumplirán cincuenta años, Acaso cincuenta y dos. Pirula Taboada, una niña entonces, dobló la esquina de Moas y en aquel momento echó a correr. Dejó atrás Riamar, Peneiras y el estanco de Carolina, y se precipitó en A Corredoira. Subió en un vuelo las escaleras de la primera casa a la derecha y, casi sin resuello, imploró: «Don Manolo... don Manolo». Al punto abrió don Manolo Canitrot la puerta de su clínica y se encontró los colores y los ojos de Pirula (Heidi asustada) que con una mano sujetaba hasta el dolor mi brazo y con la otra contenía la sangre que, a borbotones, manaba de mi boca. «Se mordió la lengua en la escuela. ¿Quedará mudo?» No enmudecí. Don Manolo Canitrot apuntaló mi lengua hasta el día de hoy. Fue la primera casa en la que entré en esta calle dedicada al Almirante Cadarso, «héroe de Cavite (Cuba)» rezaba su desaparecida placa de mármol. Más arriba, también por la derecha, abría sus puertas al mocerío el Frente de Juventudes con su mesa de ping pong, sus retratos del Caudillo y José Antonio, su yugo y sus flechas y su «¡Arriba España!», contraseña a voz en grito sin la cual no entrabas. Mis padres no me dejaban ir. Yo era muy niño, ¿cómo iba a entenderlo? Cuántas veces habré dicho ribaspaña , como quien dice nosdías . A mitad de calle, también por su derecha, las Trinitarias se entregaban a la oración, a salvar las almas de las niñas y a cuidar hortalizas y gallinas. Allí iba con Micha a comprar huevos y también había contraseña: Vemariapurísima . Giraba el torno y, como un número mágico del profesor Alba, desaparecía tu dinero y surgía blanca como la leche una docena de huevos. Al final de la calle, por la misma mano, a veces se oían ayes, quebraduras del alma, que se perdían río abajo alumbradas de charol y sobresaltando las truchas. Antes del Ramal, ya bajando, estaba Correos. Don Arturo Mariño y Merceditas tecleaban el Morse en el telégrafo, y don Enrique Cerviño bastanteaba los sobres que con el «espero que al recibo de la presente te encuentres bien de salud, la mía bien por el momento» en su interior, habrían de viajar por todo el mundo. Bajando, bajando, pasado el ultramarinos de Víctor y el de Manú, Esteirán abrió su puerta, la caja mágica donde nuestros rostros se eternizaron impresos en color sepia con el mapa de España a la espalda, sentados frente a un libro que nunca fue nuestro. Después, la barbería donde por primera vez toqué el corazón de la guitarra y sentí el pulso de la mandolina. Y casi a la esquina don Severo Loroño, trasunto de Gutemberg, encajaba la tipografía de la imprentra entre perdiz y perdiz, entre lamprea y lamprea, siempre hablando de la vieja Habana, de su voluptuosidad explosiva y de la antigua trova, Donde hoy es la Casa de Cultura, tétrico, húmedo, lóbrego dormía el Juzgado. Las partes y los testigos esperaban ser oídos en un frío corredor con desconchadas ventanas sobre el cementerio. Olía a humedad y a frío sucio. Por encima de todas las cosas, olía a papel mojado. Era la Casa de Justicia y olía a papel mojado... ¡qué paradoja!