De cine

ALICIA FERNÁNDEZ

BARBANZA

DESDE FUERA | O |

25 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

CON FRECUENCIA valoramos lo que tenemos en el momento de perderlo. Ocurre con familiares, amigos, animales, cosas y servicios. Es una vieja y contumaz ignominia que acompaña al humano desde las cavernas. No hace mucho que los boirenses (por lo menos algunos) se quejaban del cierre de la última sala de cine. Se decía que esa expresión cultural no debiera desaparecer ante el arrollador impulso de la oferta y la demanda. Del servilismo capitalista. De los engominados neoliberales capaces de cerrar una iglesia si no se autofinancia con el cepillo. Después llegó una empresa que volvió a apostar por la pantalla grande. Sin duda por su propio beneficio y bajo el riesgo de su bolsillo. Que aquí no hay más hermanitas de la caridad que las que invierten en Gescartera ¡oiga! Pero las idealistas, sentimentales y románticas podemos obviar al enemigo si a cambio obtenemos una porción de felicidad. Por eso es triste que el sábado pasado, a las seis de la tarde, hubiese cinco personas en una sala y poco más de diez en la otra. Con dos películas en cartelera aún vigentes. Con una tarde lluviosa. Con unas salas confortables. Con aparcamiento casi en la puerta. En resumen, con unas condiciones únicas en la historia de Boiro. Después vendrán las lamentaciones de los oráculos del tresillo.