? Dulce Martínez se le secaron los ojos de tanto llorar la lluvia. Casi medio siglo en el trópico llega para añorar hasta la humedad del tedioso orballo gallego. Emigró, como tantos, empujada por una fortuna soñada en otros mares. Y recaló en Venezuela. Allí creció su hijo y sus nietos, por quienes, ya en la jubilación, intentó el retorno a Galicia. «No estábamos mal, no les faltaba un buen trabajo-dice-, pero no funciona la sanidad y no se puede salir a la calle con tranquilidad». Cuenta esta mujer, de profesión ama de casa a la gallega -tareas del hogar más el cuidado de la ganadería y el huerto en la mediana explotación al sur del Caribe-, que cada ingreso médico supone empeñar parte de la hacienda. «En Caracas, a los hospitales públicos hay que llevar hasta el pijama y en los privados, ni te miran si antes no firmas la chequera». Hasta ahora, no ha habido grandes problemas, pero «mi esposo y yo -se explica- estamos viejos y nadie nos va a librar de los achaques». No tanto le preocupa su futuro como el de los suyos: «El país anda muy revuelto», cuenta. Y las noticias de asaltos y secuestros desazonan la vejez. Así, dio el paso y arrastró tras de sí a la prole. Cinco meses estuvieron juntos en A Coruña antes de que los suyos volvieran cargando en la maleta el desánimo de no encontrar trabajo para empezar de nuevo. «Somos extranjeros allá y somos extranjeros aquí», concluye.