? finales de los 70, días de vino y rosas, pisé suelo iraquí. Estuve en Al Basrah (Basora) y me lavé la cara en las aguas del Tigris y del Eufrates, las mismas que bañaron la piel de Adán, la piel de Eva. Orillas en las que, ajenos a la tragedia anunciada por un dios terrible, chapotearon inocentes Caín y Abel. Allí mojé mis manos para empaparme del origen de los tiempos. Viajé unos kilómetros al noroeste buscando la ciudad de Ur de donde aquel dios sacó a Abraham para hacerle padre de todas las naciones. Allí está el árbol del patriarca, un patético esqueleto maderero que se retuerce como una cobra herida. Sólo un poco más allá, la arena baila violentamente a unos metros del suelo azotando la espalda, secando la garganta, cegando la mirada. Entre aquella bruma de cuarzo atomizado presientes la gran Babilonia.Hoy es un yermo, un erial donde sólo habitan los lagartos. Yace allí una civilización a la cual, respetando los parámetros históricos, los EE. UU. no podrían siquiera compararse.Hoy es polvo y desolación y camino de Nasiriyah la dejaron atrás los marines en sus tanques sin pensar ni por un momento que allí florecían los jardines más bellos de la antigüedad. Así pasan, así pasarán todos los imperios. El penúltimo, Roma. Pero el hombre no aprende la lección. ¿Quién haría creer a un romano del siglo I que de todo aquello no quedaría ni el idioma? Sabemos todo esto porque siempre, siempre hubo cronistas. Hombres y mujeres que dieron fe de su tiempo. de sus vicios y virtudes, de sus obras y de sus destrucciones. Fe escrita muchas veces con sangre sobre pieles, sobre papiros. Fe de las cosas patentes como el sol y las estrellas.Este imperio de hoy ha reparado en esa brecha de su poder, y ser hombre de crónica se ha convertido en oficio peligroso.... sospechoso. Incensa el imperio a la variante hampona y barriobajera del oficio y demoniza a los consecuentes, a los honrados, al cronista fiel de sus días.Se puede morir en el frente, en la refriega, en la duda y la desesperación que produce la batalla. Pero es imposible perder la vida en un soplo de pólvora ardiente y brutal en la ventana de un hotel desde donde se observa y se da cuenta de la entrada triunfal del emperador en la ciudad.En la capital del imperio censuran las fotos de sus muertos y en las provincias los serviles pretores ocultan contaminaciones y amenazan al que las narre. USA los mata en Irak, Castro los encierra en Cuba. En más de treinta países ni se sabe de su existencia. El poeta León Felipe, arrebatado contra el dictador que le tocó vivir, lo dejó escrito: «...tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola. Mía es la voz antigua de la tierra. Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo... Mas yo te dejo mudo... ¡mudo!». Así es. Los cronistas posén la palabra. Sin ella el imperio es mudo y mudas serán sus cenizas aventadas en el desierto de la historia. Sobre ellas volarán las palomas mensajeras llevando la palabra a la conciencia del género humano.