Aquella tarde, el mismo sol que ochenta años antes había iluminado los rostros de Lara y Zhivago, ese mismo sol, se desprendía atomizado sobre el asfalto y como una calima de astros doraba las arboledas y los jardines de San Petersburgo. Una mujer, podría ser rusa por su aspecto, permanecía anonadada buscando con la mirada azul la espuma del mar Báltico que se adivinaba al fondo, hacia el Oeste. Casi asustada, en su presencia se adivinaba un temblor del espíritu. Estaba a las puertas de L¿Ermitage. Acababa de salir de aquel mundo aparte donde la humanidad conserva todo lo bello que puede producir. Estaba en realidad conmocionada. Jamás había estado tan cerca de la belleza absoluta. Recorrer las salas de L¿Ermitage de San Petersburgo le había volteado el alma: «¿Cómo nuestra especie puede ser tan cruel y, a la vez, generar, plasmar y concebir tanta hermosura?». María Elena que había nacido en Compostela entre la severa estética milenaria que caminaba cada día, se dio cuenta en San Petersburgo, con el paso de los días, de que la meta a la que es conducida la humanidad no es otra que la autodestrucción. La envidia que todo lo rige convierte a los mediocres en nuestros verdugos: «Yo apuesto por la vida, por la tolerancia y por el humor -dice-. Resistiré el ataque». Tuvo buenos profesores. No cualquier gallego puede presumir de aprender Geografía e Historia con el patriarca Antonio Fraguas.Esta enfermera que antes hizo secretariado y música, recuerda su llanto inconsolable, cuando su madre la llevó a ver Las dos huerfanitas . «Lloré toda la noche -dice-, pero entre aquello y la telebasura que tragan nuestros niños, me quedo con el llanto».Con 17 años estrenó la voz en el Orfeón Terra Nosa, donde comenzó Pepe Domingo Castaño. Y dispuesta a ser artista, compartió con sus hermanos la música sudamericana, su pasión. El trío se llamaba Hermanos Vieites. ¡Qué humor! Hoy así se llaman las constructoras. Vivió el mayo revolucionario en pleno corazón. Estudiaba entonces Enfermería en la Facultad de Medicina de Compostela.Le recuerdo que allí vi yo el mármol blanco de la escalinata del Paraninfo salpicado por la sangre que nos arrancaban los grises del General y sus pretorianos que aún hoy supervive dándonos, eso sí, lecciones de democracia.La boda, como a casi todas las mujeres, tres hijas como tres soles, interrumpieron su sueño de mujer trabajadora, pero encontró la manera de volver a empezar. Así que, solventado el asunto doméstico, sentó plaza en el Sanatorio Modelo de A Coruña. Después, Noia, y ahora, O Son: «Todo el mundo debería pasar, como terapia, una noche en urgencias. Estoy segura de que seríamos mejores».Es presidenta de Amas de Casa para demostrar la famosa frase según la cual se puede ser mujer y no morir en el intento: «No todo es coser y planchar. Hay que quererse a una misma, tenerse respeto». Le pesan los diecinueve años que lleva en el cargo y suplica ser sustituida, pero... «Lo mío es viajar y el sentido del humor. Sin esto no hubiera aguantado dos mandatos como concejala socialista en la oposición. No hace mucho conocí Jerusalén y también las islas del Egeo. El próximo viaje será a los fiordos noruegos».De inmediato me viene a la cabeza el memorable final del film Los vikingos cuando el cadáver de Kirk Douglas navega hacia la eternidad, deslizándose por un fiordo en su nave incendiada. Va al encuentro de Odín. No me extrañaría nada que María Elena, a la vuelta de su viaje, me traiga un pedacito de nube del Walhalla.