Uno de mis amigos más queridos, el doctor Caldas Campañó, me dice siempre que al llegar a Cádiz cree hallarse en Noia. Así explica el hecho de que seamos tan dados al cante maravilloso que desde Trafalgar y Sanlúcar trajeron los bergantines y goletas hasta nuestras costas, prendido en los faralaes de sus velas de tafetán. Con las naves iban y venían los cantares saltando sobre la mar como peces en un pentagrama. Hasta el primer tercio del siglo XX, las tripulaciones de pesqueros y mercantes con base en Cádiz, procedían del Tambre y se miraban en la laguna de la Janda, donde el rey Rodrigo perdió su imperio, para pocas semanas después verse reflejados en los remansos de Pontenafonso. Por eso, me dice el doctor Caldas, nadie debería avergonzarse de esa alquimia que hace al gallego arrancarse por bulerías o tarantas sin perder por ello una fibra celta. ¡Ojalá fuera ese el problema! Nuestra atávica rendición sin condiciones viene de otro lado como bien saben los que «manejan mi barca, ¿quién?». Alma y sangre enamoradas de la tesis del doctor Caldas es esta mujer completa y abismal, bella como el ébano y lorquiana de verso duro, rosaliana de fuente y río. Noiesa rompedora de la ingeniería genética tan al uso que pretende encajonar a cada quién en un lugar físico, político y telúrico sin rechistar. Mujer rebelde Es Carmela mujer rebelde. No hay más que ver sobre el escenario como su figura se impone sobre la luz y su voz sobre el ámbito, por amplio que este sea. Fue rebelde Carmela con sus maestras, doña Lola en el pupitre y doña Magda en la escena, y cantó siempre lo que el duende le enviaba desde dentro. Aún se pone colorada cuando recuerda su primera salida a escena en La casa de la Troya en el Coliseo Noela o aquella noche en la que, en un arrebato, se subió al palco de la orquesta en A Chaínza y cantó a todo pulmón el La, la, la con el que Serrat dejó colgado al franquismo eurovisivo. Después Los Querubines, el Festival del Tambre y algún extra de la parroquial de San Martiño con don Sebastián Paz. Y de ahí a la carretera, como los viejos rockeros. Kilómetros y kilómetros con la música enlatada, de pub en pub, como el herido Sabina a la busca del día de gloria que nunca llega. Ahora quiere volver a casa y abrir café-cantante para así retornar a la infancia que dice vivió felicísima. Sabe que su error fue cantar lo ya cantando... «porque, oye Maxi, siempre dirán que lo hace mejor Pantoja o Jurado, ¿no?». El Mediterráneo nace en Monte Louro y muere en Estambul.