La lluvia que cayó el viernes en Rianxo no ensombreció las fiestas, en las que no hubo incidentes y a las según los vecinos acudieron más visitantes que otros años
21 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.En Galicia perviven pocas tradiciones que puedan ser comparables a los festejos de A Guadalupe de Rianxo, que en su noche más mágica, la del pasado viernes, registraron una afluencia espectacular de gente, superior a la de ediciones anteriores y eso a pesar de la incesante lluvia. Por si se quieren hacer una idea, sepan que la organización confirmó que se repartieron 60.000 bengalas entre los improvisados vocalistas que entonaron esa composición que se ha ganado a pulso la categoría de universal. Sí, ya saben, esa en la que las olas van y vienen sin parar, que ya solamente de pensarlo uno se marea. La procesión marítima, que surca la ría de Arousa desde hace más de siglo y medio, y la canción coral en honor a la Moreniña son dos citas, dentro de la programación, que provocan el delirio; son las «culpables» de multitudinarias peregrinaciones a la villa que vio nacer a Castelao. El 2002 no ha sido una excepción, sino más bien un año para el recuerdo, ya que se multiplicó el número de visitantes procedentes de Galicia y de otros lugares de España. Un aluvión humano que se hizo perceptible el viernes por la noche en la praza Castelao. Pasaban unos minutos de las dos de la madrugada, cuando las bombillas del alumbrado dijeron : ¡Hasta luego, Lucas! Ninguna contraseña mejor que esa para los rianxeiros. La oscuridad es la señal que anuncia que toca encender las bengalas, previamente repartidas por la comisión, y afinar las voces. Preparados, listos, ¡ya! En ese momento sublime, los corazones pisaron el acelerador cuando rompieron a sonar los primeros acordes de la mítica A Rianxeira. Las orquestas Panorama, Alkar y Gran Parada pusieron la música; para la letra, sobraban intérpretres, algunos con más garra que los concursantes de Operación Triunfo . Hasta hubo quien no pudo resistir la emoción y siguió los pasos de Bustamante, derramando alguna que otra lagrimilla. Lo cierto es que la ocasión no es para menos. La luminosidad de las bengalas eclipsó, momentáneamente, el brochazo de color naranja del atuendo oficial, las tradicionales pañoletas. Igual de desapercibidas pasaron, entre tal maremagnum, las juadalupeñas, que, vaya por delante, fundieron sus manos con los forasteros en buena señal de camaradería. A Rianxeira enfiló su recta final. La música cesó y cedió el testigo a los fuegos de artificio. Entonces, surgió la meiga y comenzó a llover en Rianxo. Las gotas no consiguieron, desde luego, que los festeiros redujesen el imparable y vertiginoso ritmo de la noche más frenética de A Guadalupe. Para refugiarse, nada mejor que los bares, que, en su mayoría, hicieron el agosto a pesar de ser septiembre. Si no quieres caldo, toma dos tazas. El dicho se cumplió en la tierra de Dieste y Manuel Antonio y cayó otro chubasco, de bastante intensidad. Más tarde, sobre las cinco de la madrugada, tomó el relevo un nuevo chaparrón, pero la insistencia del agua no venció a las ganas de divertirse de miles de personas. Y, de puntillas y casi sin avisar, llegó el amanecer. Las orquestas silenciaron sus instrumentos a las nueve y media de la mañana, dando paso a los espontáneos, que micrófono en ristre, divirtieron a la concurrencia con unas originales coplas. Un pequeño ejército de barrenderos tomó las calles con intención de borrar las huellas de la noche mientras los festeiros emprendían la retirada con el cuerpo gastado y una única pena, la de la dimisión de la comisión presidida por Ramón Iglesias.