TODOS SABEMOS el riesgo que se cierne sobre la carretera, aunque muy pocas veces somos conscientes de ello, hasta que presenciamos un accidente. La velocidad, el despiste, actitudes intolerantes e, incluso, la conducción bajo el efecto de estimulantes, en la que casi todos los conductores hemos incurrido alguna vez, son determinantes en los siniestros. El miércoles presencié en Boavista un dantesco accidente en el que se vieron implicados tres vehículos. Sorprendentemente no hubo muertos, al menos en el lugar del siniestro, pese a que el estado en que quedaron los turismos hacía temer lo peor. Cuando ocurre un hecho así parece que los equipos sanitarios no llegan nunca, no hay medios para sacar de los coches a los lesionados, todos quieren ayudar, aunque sin saber cómo, uno se siente impotente. Pero si penoso es ver a los heridos, no lo es menos el gemido de quienes salen ilesos. De Barcelona y Valladolid acudían a Muros unas personas a conocer una villa que les habían dicho que era hermosa. El destino quiso que antes de verla se tropezaran con el infortunio. Ojalá que la multitud de gentes que en estos días transitan por las vías no pasen por tamaño trance.