Xesús García-Malvar Mariño, filatelista
15 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.No, no es un error el antetítulo. Xesús es filatelista de «cuño y letra». Es en todo caso una humorada alrededor de un trabajo que requiere lo minucioso, el silencio de las horas y el cuidado extremo del tacto y la vista para ajustarlos a las pinzas y a la lupa. Curiosamente la palabra filatelia deviene del griego (Filos: amigo; y Telos: impuesto). En sentido estricto, creo que en el Imperio sólo el correspondiente ministro de Hacienda sería filatelista. Millones de personas en todo el mundo dedican sus horas de ocio o jubilación al cuidado de los sellos. Algunos, como Xesús, descargan en ellos todos sus sentimientos. Los habidos, los ausentes y los que habitan el exilio interior en que se convierte el alma de un buen filatelista. En general, y el coleccionista de sellos especialmente, estas laboriosas abejas, este ejército de zapadores de estragos, son pieza fundamental del engranaje transmisor de la cultura de los pueblos. Las grandes hazañas, las muertes gloriosas, los que las provocaron, los inventos y sus inventores, la fauna, la flora y, en fin, la naturaleza toda cabe en el breve espacio del sello. Tiene la estampilla la grandeza escondida de las pequeñas cosas, pero como toda miniatura artística su valor se multiplica en progresión geométrica con respecto a su tamaño. Tendría que ver usted el Centro de Contratación Filatélica de Londres. Ríase de la Bolsa de Madrid y del Ibex 35. Millones de libras esterlinas pasan de unas manos a otras a la velocidad de la luz en las operaciones diarias de compraventa filatélica. Saltó el océano Hablo mucho de sellos y poco de Xesús, pero así me lo ha pedido él. No sé si visitó el Museo Postal de Berna ni si vió la colección Ferrari de la Renotiére, pero un día le entró la teresiana , que dicen los castizos, es decir la misericordia, y se saltó el océano para ayudar en lo que pudiere a las almas perdidas tras los Andes. Como Quijano a los molinos, así inerme se enfrentó Xesús al imposible, a la quimera de que la buena voluntad no quita el hambre ni viste al desnudo. El paisaje andino, como una gran ola, lo devolvió a su silencioso despacho. Ajustó el flexo, abrillantó la lupa y cayó en la cuenta de que el mundo todo se contenía en los sellos. Allí estaban las virtudes más apreciadas y los pecados más nefandos de la historia del hombre. Al final comprendió que los sellos son como las laudas gremiales de Santa María a Nova. Piezas de museo que nos recuerdan que sirvieron de puerta a la eternidad a las almas. Muchas veces, viendo la sevicia y la descarnada exhibición de opulencia que el Imperio exhibe ante los pobres de la tierra, he deseado escribir una carta a Dios pidiendo justicia. Pero mi filatelista de cabecera, este Xesús García-Malvar, no tiene el sello que corresponde a tan celestial destino. Con ese timbre, saltaría la banca. ¡Nunca mejor dicho!