Laxeiro en el auditorio de Ribeira

CARLOS GARCÍA BAYÓN RIBEIRA

BARBANZA

C. QUEIJEIRO

En Santa Uxía se exponen cuadros y dibujos propiedad de la fundación que lleva el nombre del genial artista lalinense Ahora, tras tantos años, después de aquella larga e íntima charla vespertina en el café del muelle de Vigo, ahora, aquí en Ribeira, en el auditorio, vuelvo a verte, amigo Laxeiro. ¡Qué azares tiene la vida! Ya sólo pensaba encontrarte en el amplio jardín de las bienaventuranzas. Pero no, estás aquí. ¡Y qué joven y cachondo, como cuando peinabas la boina al lado, calzabas las gafas, atusabas las barbas y le pegabas un magreo a la mozuela que se dispusiese! Contigo sólo valía llevar los ojos en la cresta, y aún así, se te escapaba la mano. Porque en esos avatares, no sólo en anécdotas, no sólo en los mundos del trasmundo, eras un experto.

01 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Y a mayor gloria. Bueno, amigo Laxeiro. También todas las mañanas antes de embarcarme en mis tareas, le echo un vistazo a tus cuadros que engalanan mi biblioteca y me digo: «¡Coño, qué tío este Laxeiro, qué universo es capaz de sacarse de los sobacos como prestidigitador!». Y soltaste la carcajada y dijiste: «Sí, Bayón, pero son mil pesos». Entonces fuimos los dos a reírnos. Sacaste el bolígrafo, cogiste el bloc que yo llevaba y zig, zag, me hiciste un dibujo, escribiste un envite y me los regalaste como los dioses regalan la vida. Pues he visto en el auditorio de Ribeira, vestido de lujo con tu presencia, los cuadros y dibujos tuyos que la Fundación Laxeiro, de Vigo, ha coleccionado con tus donaciones para su gloria. Aquí está todo tu mundo románico, impresionista, abstracto, todas las peponas, monstruos, composiciones, policromías. Toda la sabiduría popular y resortes mágicos que te has inventado y echado al mundo en la vida. Laxeiro es -y ahora hablo con quienes me leen- el ejemplo del pintor emulsionado con su pueblo, libre, sin ataduras de ningún maestro ni escuela, lleno de fuerza, espontáneo y enigmático, cuya personalidad es única. Todo lo abarca en óleos, acuarelas, dibujos, especialmente lo gallego, cuyos modelos están en el Pórtico de la Gloria. Es la suya una pintura hecha a borbotones, entrañable, como si el submundo gallego y abstracto le saliese entusiasmado a poseer la tierra. Nadie que vea a Laxeiro, le entienda o no, saldrá ileso de su obra. Es un genio. Y si uno se toca las pantorrillas, descubrirá que le tiemblan como si se hallase ante un portento. ¿Entonces dónde aprendió José Otero Abeledo, Laxeiro como le bautizaran en Lalín, como le decían en la barbería donde rapaba campesinos, dónde descubrió la pintura? ¿Y dónde aprendió a narrar o inventar aventuras? Porque Laxeiro, además, con aquella risa de fauno y la mímica que le metía al asunto, fabulaba igual que un dios. Debió ser cuando arreaba con la bicicleta por las rúas de Vigo a pesar del reuma que le quemaba las piernas. Vaya a saberse.