El vino y los gritos fueron los grandes protagonistas del combate vikingo Cerca de 20.000 personas presenciaron el desembarco a orillas del Ulla «¡Úrsulaaa!». Grupos de jóvenes recorrían ayer el camino hasta las Torres do Oeste a grito pelado y con una botella de calimocho en la mano. Marchaban con el tiempo justo para llegar al desembarco vikingo, pero a cada paso se detenían para ingerir un poco del oscuro bebedizo que los transformaba en auténticos participantes de la batalla que se iba a desarrollar a orillas del Ulla.
05 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Era la batalla del vino y de los gritos. Con uniforme de bermudas y pecho descubierto, las hordas de participantes en la romería se apostaron por todo el campo de las torres. Estaban mezclados con «los otros»: turistas que, cámara en mano, pretendían inmortalizar una revisión de la historia que tiene lugar cada primer domingo de agosto. Aullidos y gritos de todo tipo recibieron a los hombres del norte. Fue sobre la una del mediodía cuando el drakkar vomitó en la orilla del río a medio centenar de hombres del norte. Su combate más duro fue con las frías aguas. Luego, ya en tierra, recibieron su segundo baño, de multitudes en este caso. Las hordas de tierra los esperaban pidiendo vino a gritos. Y «los otros», carantoñas, cuanto más grotescas mejor, para inmortalizar el momento del yo estuve allí. Todos recibieron lo que pedían. El vino corrió pronto por el campo de las Torres do Oeste, por las camisetas, por las cabezas y por las barbas. Vino tinto del Ulla que los auténticos vikingos jamás probaron. Porque no conocían su existencia, claro. Y mientras las hordas seguían en la batalla, «los otros» comenzaron pronto su peregrinaje hasta el coche. Objetivo: seguir la jornada a caballo entre las playas y el vino albariño de Cambados.