Tan importantes relaciones le valieron para que en los años cincuenta, aún en Teruel, fuera nombrado senador vitalicio del Reino y condecorado con la gran cruz de Isabel la Católica. Más adelante, el ribeirense sería objeto de otras distinciones no menos importantes: gran cruz de Carlos III, socio emérito de la Real Academia de la Lengua Hispana, socio emérito de la Real Academia de la Historia y gran cruz de primera clase de la Orden Civil de Beneficencia. Francisco Landeira y Sevilla falleció en su palacio de Lorca, donde vivió retirado los seis últimos años de su vida, el 15 de setiembre de 1876. Sus restos mortales descansan en la capilla de la Soledad de la Catedral de Murcia, donde fue levantado un mausoleo gracias a las aportaciones del pueblo murciano que quiso venerar así su memoria. Este ribeirense, que figura entre «los más grandes prelados que haya tenido la diócesis de Cartagena-Murcia en su larga y gloriosa historia», en palabras del capellán mayor del Ejército del Aire Francisco Candel, es uno de los personajes destacados de la España del siglo XIX. La personalidad del obispo es tan sugerente y atractiva que todavía en la actualidad es centro de atención para un buen número de estudiosos e investigadores.