Un cegato coñón y visionario

CARLOS GARCÍA BAYÓN RIBEIRA

BARBANZA

El autor conoció a Torrente Ballester cuando acudía con sus alumnos de Ribeira al instituto de Pontevedra Un servidor de ustedes, todos los años, por el mes de junio, llevaba a los rapaces de Santa Uxía de Ribeira a rendir exámenes de bachillerato en el instituto de Pontevedra. Fue para mi y para Lola, mi esposa, una época fecunda y heroica. En los momentos de ocio me acercaba a un café cercano, con grandes ventanales abiertos a la Alameda pontevedresa. Allí se reunía, sobre las doce, una tertulia animadísima de catedráticos, intelectuales y esquiroles como yo. Hablaban de cuanto se presentase a tiro.

24 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Ahí conocí a Filgueira Valverde, a Peña con su flor en el ojal, a Odriozola con su camelia, a Ramón Martínez López que tenía los padres en Ribeira, a Unamuno hijo del gran don Miguel, profesor de Matemáticas; a Landín Carrasco hijo de don Prudencio, a Luciano del Río, riguroso pensador, a don Gonzalo Torrente Ballester... Pontevedra iba a ser el manantial de su Saga-Fuga, la mejor novela, con Tirano Banderas, del siglo XX español. Cuando don Gonzalo la publicó profesaba de catedrático en Estados Unidos. Me produjo la lectura tal impresión -como más tarde me pasaría con Cien años de soledad-, que escribí un artículo en La Vanguardia de Barcelona admirándome, incluso asombrándome de la obra. Desde América me escribió don Gonzalo agradeciendo la crítica. Luego, ya en España, nos tratamos muchas veces; y últimamente, como ambos formábamos tribunal del premio Julio Camba de periodismo, las relaciones e intimidades fueron más intensas. Una tarde, en el atrio del templo de Iria Flavia, nos retratamos, recuerdo que guardo, así como sus cartas, amorosamente. Don Gonzalo era un cegato de no sé cuantas dioptrías, un coñón y un fumador vergonzante por los lugares más escondidos, no se fuera a enterar Fernanda, la esposa. Fue gallego en constante ejercicio y fe de vida. A su lado manaba la adrenalina en contacto con sus gracias y saberes. ¿Algo así como un orgasmo? Bueno, llámele usted como quiera. Pero los ojos de don Gonzalo, aunque cercados de dioptrías, lo veían todo, especialmente lo mágico. Le gustaba el tango y las nécoras, los paseos por la noche pontevedresa, las leyendas y fábulas de Galicia. Un día, en el Hotel Atlántico de La Coruña, lo atraqué con una entrevista para La Voz. Hoy la charla hubiese discurrido así, más o menos: -Usted siempre tan correcto en el vestir, don Gonzalo, ¿qué es la elegancia? -¡Oh!, qué pregunta, señor Bayón. Creo que la elegancia es lo contrario de la gracia. La gracia es lo natural; la elegancia, la servidumbre a unas normas. Brummel ya decía que la auténtica elegancia era pasar desapercibido... -¿Qué diferencia puede existir entre su junquillo de otros días y el actual bastón? -El bastón, se ve bien, es una necesidad; el junquillo era una impertinencia, o a lo peor una chulería. -¿Cómo afronta usted, señor Torrente, tan intrépido y desdeñoso de estereotipos, el mal gusto imperante? -¡Uf!, pues prescindiendo del medio y tratando de ser yo mismo cada vez más. -Abundando sobre moda y elegancia, un Petronio contemporáneo, ¿quién podría ser según su criterio...? -Los petronios, los últimos, se los llevaron los conflictos bélicos. El postrero, aunque barroco y maricón, fue Wilde. Hoy sólo se ve bisutería. En un trance del diálogo me acuerdo de los tangos de Torrente y aunque no tiene el cuerpo para agitar, le pregunto: -Además del tango compadrito, ¿qué otros agarrados bailaba usted? -Cuando bailaba y me agarraba todo era tango, el pasodoble, el vals, el fox. ¡Pero qué música La cumparsita de Gardel! Aquellos días las formas de la mujer apretadas y plásticas contra uno, sabían a néctar. Hoy no se baila, se brinca, y la música suena a concierto de cacerolas...