En busca de los frutos del mar

A. F. N. RIBEIRA

BARBANZA

SIMÓN BALVÍS

Por cortesía de la cofradía y del Concello de Noia, Manuel Fraga recibirá los primeros berberechos de la campaña cocinados en empanada La bajamar no sabe de las necesidades de los hombres, tiene su propio ritmo de vida. Aún está oscuro, pero las mariscadoras noiesas -mayoría en el sector de a pie, mientras que los hombres «dominan» a flote- no esperan a que sea de día para bajar a la playa, porque la marea tampoco aguarda. Provistas de trajes de aguas, rastrillo y capacho en mano, se disponen a cumplir su jornada laboral. Las linternas son sus compañeras hasta que la luz es total. Curiosamente, muchas se las colocan en la cabeza, como los mineros. Y si los berberechos no son pepitas de oro ni diamantes, sí hay que «picar» mucho para reunirlos. Fraga podrá comer los primeros.

25 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Ellas en tierra y ellos en el mar, rastreando desde las embarcaciones. Ésta es la distribución por excelencia de los mariscadores -el uso del rastro a flote requiere una gran fuerza-, aunque hay excepciones. Las primeras mujeres se van acercando a la plataforma varada en la playa para pesar la mercancía, cansadas pero contentas por la abundancia. Aunque hay quien desconfía: «Esto é os primeros días, pero a ver qué pasa despois», puntualiza una. Unas entregan los capachos tal cual, otras extienden las capturas en la arena y se afanan en separar los berberechos más grandes del resto. Sobre las diez y media, el artilugio flotante es un auténtico hervidero de gente. Hay dos grandes colas en las que no faltan los intentos de cuele -a la mayoría les quedan por delante sus quehaceres domésticos- pero en general reina el buen humor. Encima de la plataforma, el patrón mayor dispone: ordena los contenedores, atiende preguntas, manda a unas mujeres bajarse de allí para seleccionar el marisco: «Aquí non hai sitio, hai que baixar». Tres jubilados, bastón en mano, curiosean por allí. Los berberechos tienen una pinta estupenda y uno no puede resistir la tentación de pedir permiso para coger un par de ellos: «Colla ahí. Destes non, que están sin escoller, pero dos outros os que queira», ofrece su propietaria. Y allí mismo se come un par de ellos, abriéndolos con sus propias valvas. Una mujer con un excedente de marisco habla con un vigilante del pósito. Hervidos al vapor o en empanada, no dejan de ser un bocado exquisito: «E logo, ¿non podo levar esto para a casa?», pregunta. «Eu por min leva, pero os da Xunta están alí en Testal». Y esos no son otros que miembros del servicio de Inspección Pesqueira, acompañados de una unidad de la Policía Autonómica, colocados en un cruce, aunque parecía que el efecto intimidatorio superaba al registro real de los vehículos. Ya en Testal, hombres cargados con sacos de cincuenta kilos al hombro llegan sudorosos a la lonja, para pesar. Otras mujeres que optaron por el estilo tradicional -acarrear por sí mismas el marisco- hacen igualmente cola, mientras las máquinas clasificadoras escupen el berberecho por tamaños en grandes contenedores. Sobre la una apenas queda nadie. Mañana será otro día, una nueva jornada a la búsqueda del diamante salado. Una piedra preciosa que el presidente de la Xunta, Manuel Fraga, tendrá ocasión de degustar en una empanada de millo con berberechos de la ría. La edil de Servicios Sociais, Marisa Seijas, se la llevará personalmente, aunque la cocinera es Eva Rodríguez, directiva del Clube de Pensionistas de Noia.