Un comediante tras las barbas de chivo

Tanto se ha metido en el papel, que sus compañeros de Tatana Teatro lo han bautizado como Ramón


vilanova / la voz

A este vilagarciano le salió la vena artística de jovencito. Con dieciséis años casi hace carrera con Simón Cabido, el actor que se hizo famoso con la popular doña Croqueta. Aquella aventura no cuajó, pero Eduardo ya nunca se apeó del mundo del espectáculo. De chaval creó su propio grupo, El muro del humor, y después llegarían algunos papeles en el teatro, en su ciudad, de la mano de Clámide. Sus actuaciones casi siempre han estado ligadas a la comedia y, de hecho, es el género en el que se siente más cómodo. Lo que son las cosas, su primer papel protagonista le ha llegado a través del drama, dando vida a un gigante de la dramaturgia. «Yo digo que Valle-Inclán me persigue, mi primera actuación en Clámide fue con una obra de Valle y mi padre (Luis Gómez) actuó en la película Divinas Palabras», relata.

Eduardo Gómez es el don Ramón de Memoria dunha árbore da noite triste, una obra escrita y dirigida por la cambadesa Fátima Rey en la que se recrean las últimas horas de vida del autor del esperpento y se fabula sobre cuáles pudieron ser sus pensamientos y visiones en este trance. El papel es de una gran exigencia. Lo mantiene hora y media larga sobre el escenario y lo obligó a memorizar páginas y páginas de un texto complejo, «porque la forma de hablar de Valle-Inclán no era como la de ahora», explica el actor. Lo que más le costó es recitar poesía y prescindir del rostro y de un brazo como elementos de expresión, porque el Valle moribundo ya estaba manco y el actor debe enfundarse una peluca y una frondosa barba para emular las generosa pelambre del escritor. Eduardo debe exprimir sus recursos vocales y acentuar el manejo del brazo que le queda libre para conseguir dar credibilidad a su personaje. Lo logra. Su debut, hace un par de semana, cosechó un gran aplauso, aunque la mayor parte del público se quedó con las ganas de saber quién es el Valle-Inclán que Fátima Rey puso sobre las tablas. Nacho Castaño no tuvo este problema. El actor no faltó al debut de su tío en Vilanova y le dio un consejo de profesional: ante todo, tranquilidad. «Lo peor es antes de empezar. En el escenario me siento muy cómodo y siempre estoy tranquilo», relata.

La Voz de Galicia le invita a presentarse a cara descubierta para conocer cómo está resultando su incursión en el mundo valleinclaniano. «La verdad es que me impresionó y me sorprendió. Valle-Inclán era un tío muy raro, él mismo era un esperpento. Se me abrió un mundo, y ahora que empecé a leer y a saber más sobre él cada vez me gusta más. Fátima me ayudó mucho a la hora de entender al personaje». El mimetismo es tal que sus compañeros de Tatana Teatro le han empezado a llamar Ramón, y más que le llamarán porque Memorias dunha árbore triste no ha hecho más que empezar su recorrido por los escenarios. A falta de concretar la agenda, la previsión de la directora es presentarla en otros municipios de la comarca y de Galicia, acompañada del libro que acaba de editar con el sello de Alvarellos.

Eduardo espera que esta sea la primera de muchas colaboraciones con la compañía con sede en Vilanova y poder así seguir cultivando esa faceta artística que tanto le apasiona. ¿Dar el salto del mundo aficionado al profesional? El vilagarciano no se cierra ninguna puerta, pero sabe que es muy complicado y tampoco es algo que le quite el sueño. «Me gusta el escenario, sobre todo la comedia, pero, a mi edad, no es algo que me preocupe», dice.

Lo que toca ahora es compatibilizar su familia y su trabajo de comercial con las barbas de chivo de Valle-Inclán, y si llega la gran oportunidad, agarrarla con fuerza.

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