Los cien años bien vividos de Tomás Mariño: «Quixeron levarme para Santiago, para cura... Eu díxenlles, 'a min levádeme para o mar'»

La Voz VILAGARCÍA / LA VOZ

VILAGARCÍA DE AROUSA

Tomás aprovechó la visita del alcalde para soplar las velas por primera vez en el día.
Tomás aprovechó la visita del alcalde para soplar las velas por primera vez en el día. M.R.

Antes de salir para Casa Rosita a celebrar por todo lo alto que cumple un siglo de vida, este vecino de Vilaxoán recibió en su casa al alcalde de Vilagarcía, que acudió a felicitarlo

23 mar 2026 . Actualizado a las 19:53 h.

«Nunca pensei chegar a isto». Sentado en un sofá de su cocina, Tomás Mariño recibía, con esa parsimonia que dan los años, las felicitaciones que comenzaban a lloverle por su cumpleaños. Sobre la mesa, unas velas preparadas para ser pinchadas en la tarta, anunciaban que el hombre alcanzaba los cien años de vida. Casi nada, le dicen.Y él, con una sonrisa en los ojos, volvió a decir: «Nunca pensei chegar a isto». 

Pero qué bien ha llegado Tomás Mariño a los cien. Rodeado de sus hijas, nietos y bisnietos que a duras penas contenían la emoción y los nervios, este veterano vilaxoanés parece mantenerse en buena forma. Cuando el alcalde de Vilagarcía, Alberto Varela, apareció en su cocina para agasajarlo, se levantó del sillón sin problemas, saludó educadamente y luego, durante la charla, se quejó de algunos achaques. «Todos temos algo!», le dijo el regidor. Varela quiso tirar del hilo de la memoria de su anfitrión y le preguntó por su vida. Tomás, que cruzó los mares del mundo más de una vez, relató al alcalde como cuando, siendo un chaval, quisieron llevárselo a Santiago. «Ao seminario, para cura. E eu díxenlles: a min levádeme ao mar». Y en el mar acabó: la primera vez que embarcó, la Guerra Civil acababa de terminar. 

No quiere Tomás pronunciarse sobre los secretos de la longevidad. ¿Quién puede decir, en realidad, cuáles son? Él, lo que puede decir, es que durante toda su vida comió mucho pescado. «Comín moito peixe. Carne...». Y en los puntos suspensivos se esconde un no bastante rotundo: la carne no le tiraba tanto. Cuando llegaba del mar, a las cuatro de la mañana, no le daba pereza coger un par de jurelos y guisarlos.También le gustaron mucho, toda la vida, los huevos con chorizo, una cena habitual que hace un tiempo cambió por algo más ligero. Asegura que, comparado con lo que comía hace años, ahora su apetito es como el de un pajarillo. Pero siempre hay hueco para compartir una deliciosa tarta de nata y fresas con familiares, amigos y autoridades. Y para mojar los labios con un sorbito de champán. Disfrutar del vermú de los cien años tiene esos placeres.