José y Javier Carballo comparten pasión por un deporte que los ha atrapado y en el que forman un equipo perfecto
25 ago 2025 . Actualizado a las 05:00 h.En un taller improvisado en Vilagarcía, entre herramientas, piezas diminutas y el olor a combustible, se gesta la historia de un sueño familiar. Allí, José Julián Carballo Rodríguez (Marín, 1976) ejerce de mecánico, estratega y apoyo incondicional de su hijo Javier Carballo Couso (Vilagarcía, 2009), un joven piloto de automodelismo que ya comienza a abrirse camino en un deporte tan apasionante como desconocido para muchos.
Javier, que con apenas 14 años ya puede presumir de haber sido subcampeón gallego, está dando pasos firmes hacia una meta que le ilusiona por encima de cualquier otra: participar en un campeonato de Europa. El próximo tendrá lugar en Madrid, y la familia Carballo trabaja con empeño para que el sueño se haga realidad.
El origen de esta historia se remonta a la afición de José. En su juventud era un entusiasta del scalextric, aquellos circuitos eléctricos que tantas tardes de entretenimiento ofrecieron a varias generaciones. Pero la evolución natural de la afición le llevó a un reto mayor: los coches radiocontrol. Tanto, que acabó vendiendo su querido circuito eléctrico para aprovechar el espacio y montar un taller en casa. Hoy, en ese lugar descansan y se afinan hasta nueve vehículos. Han preparado también un remolque que utilizan como base de operaciones cuando se desplazan a los circuitos para competir o, simplemente para entrenar. Allí transportan herramientas, repuestos y, por supuesto, los coches que Javier conduce con cada vez mayor destreza.
El automodelismo es un deporte exigente, no solo en lo técnico, también en lo económico. Una temporada completa, entre inscripciones, desplazamientos, repuestos y mantenimiento, puede alcanzar entre 10.000 y 12.000 euros. Una cifra considerable para cualquier familia que, como los Carballo, debe ingeniárselas para cuadrar las cuentas sin dejar de soñar en grande. Por ejemplo, un aspecto crucial al que José y Javier no pueden restarle atención es el desgaste de los neumáticos. Cada juego de ruedas ronda los 40 euros, y dado el desgaste que sufren en cada prueba, necesitan usar más de uno por carrera.
Aquellos primeros fracasos
Paradójicamente, al principio el automodelismo no seducía a Javier. El joven recuerda con humor cómo los primeros intentos eran un desastre: el coche se le iba de las manos, no conseguía mantenerlo en pista y la frustración era constante. Hoy, la historia es bien distinta. Javier ha pasado de querer abandonar a sentir que no hay nada que le guste más. Incluso más que el fútbol, deporte en el que también participa como jugador juvenil del San Martín.
El automodelismo en Galicia vive, o al menos lo intenta, un momento de renovación. En Vilagarcía de Arousa, el club cuenta con unos 25 socios. El Concello, consciente del tirón que empieza a tener, acaba de invertir en la mejora del circuito municipal, lo que ha sido recibido con entusiasmo por la comunidad. Para Javier, disponer de unas instalaciones en condiciones, que los propios pilotos se encargan de que esté en buenas condiciones, es un aliciente. Allí entrena, compite y comparte tiempo con otros personas que, como él, han encontrado en el rugido en miniatura de los motores su lugar. En cada carrera, padre e hijo forman un tándem inseparable. José, con manos curtidas en la mecánica, se ocupa de todo lo que ocurre fuera de la pista: prepara los coches, vigila el estado de los motores y, durante las competiciones, es el encargado de repostar el combustible cuando Javier hace una parada en boxes. Una labor breve pero crucial, que puede marcar la diferencia entre la victoria y el abandono. Javier, por su parte, asume la presión de estar al mando. Con el mando de radiocontrol en las manos, se concentra en cada curva, en cada recta, en cada adelantamiento. El horizonte más cercano apunta a Madrid, sede del próximo Europeo, pero la participación dispararía un presupuesto familiar ya muy exigido.