Los madrileños son necesarios

La región que los trate con menos desconfianza se hará con ellos para siempre


redacción / la voz

Cuando llegan los madrileños, sube el pescado. Nuestra relación con ellos es de amor y escepticismo. Los necesitamos porque son el motor del turismo y al decir turismo, decimos las terrazas de los cafés, los desayunos de los bares, los alquileres de los apartamentos, las habitaciones de los hoteles, las cañas de lo chiringuitos, el combustible de las gasolineras... El pescado de la plaza. Sí, los madrileños son necesarios, lo reconocemos, pero hay que reconocer también que a veces nos parecen un poco raritos.

Por ejemplo, tienen la extraña manía de comprar ropa náutica: rebecas azul marino con un ancla dibujada en la espalda o en la pechera, gorritas azul marino con banderitas, mocasines azul marino que evoquen balandros, chubasqueros azul marino para cruzar el Atlántico de tempestad en tempestad... Con esas prendas, se presentan en septiembre en las terrazas de Madrid y se sienten seguros y sofisticados cuando les comentan lo del jersey nuevo y ellos cuentan que se lo han comprado en el Norte. Porque a los madrileños chic, lo que les va es veranear en el Norte, así, con mayúscula, lo de Benidorm, Gandía y Torremolinos es demasiado mesocrático y con el calor, a nadie se le ocurre comprarse ropa náutica molona. El sur es más de gofres y pescaíto frito.

El tema de las comidas es otra cuestión muy madrileña. Porque, a ver, una foto de cazón, pijotas y boquerones subida al Facebook consigue los me gusta de tu madre y de tu tía Consuelo, que es muy cariñosa y le gusta todo lo que subes, pero una foto de zamburiñas, cigalas y navajas te llena el muro de comentarios y emoticonos. En ambos casos, ya sean zamburiñas, ya sean pijotas rebozadas, los cuñados reaccionan diciendo que eres un engreído y un ridículo que piensa que es más que los demás por ir de veraneo y comer, pero el grado de corrosión envidiosa que provoca una ración de pulpo a feira con un albariño no tiene nada que ver con el desdén con que se despacha un plato de coquinas con rebujito y olé.

Otra costumbre de los madrileños que nos llama mucho la atención es su reacción ante el clima. Todo el día están alabando la temperatura, sea la que sea, las tardes nubladas, las mañanas de niebla, el sol radiante... A ellos, les da lo mismo 14 grados con lluvia que treinta con sol. «¡Qué tiempo más bueno, así da gusto!», exclaman a cada rato. Y cuando hablan por teléfono con sus parientes de Madrid, dedican la mitad de la conversación a hablar del buen tiempo que hace. La otra mitad la dedican a las zamburiñas y solo al principio y al final se interesan por la salud de sus padres, hermanos, cuñados o hijos.

La salud... He ahí el quid de la cuestión, el tema del verano, el oscuro objeto de temor. Se ha extendido por toda España un temor irracional y atávico al madrileño que va más allá de la prevención. Es como si llevaran con ellos la peste incorporada y no es eso, claro que no es eso. Seamos racionales y sensatos, mantengamos las normas de la nueva normalidad y que sea lo que Dios quiera.

Los madrileños son necesarios en Galicia como los alemanes lo son en Mallorca y los franceses en la Costa Brava. Sin ellos, no hay recuperación económica y sospecho que si se sienten bien acogidos, sentirán más que nunca que Galicia es el mejor sitio para comer caldeiradas y comprarse gorras con banderitas.

De todas maneras, reconozcámoslo, los madrileños nunca fueron santo de nuestra devoción, hay algo ahí, desde niños, que nos mueve a la prudencia cuando aparece un madrileño. Nunca olvidaré el día que monté en un ascensor y reparé en la mirada de un niño que me observaba de manera preventiva, con una desconfianza que parecía secular. Su madre me preguntó: «¿A qué piso va?», y yo respondí en galego: «Baixo no oito». Al instante, el niño cambió de actitud, su cara se iluminó, sonrió confiado y manifestó su alivio sin disimular: «Que ben, mamá, non é madrileño!».

El genérico

Ese día supe que cualquier no gallego es, por definición generalizadora, madrileño y que en ese caso, has de esforzarte para conseguir la aceptación de los niños, primer paso para ser aceptado sin ambages por los mayores. De esa anécdota, también se colige que la mejor manera de sortear las suspicacias es hablar gallego, aunque tal y como están las cosas, puede pasarte como a un servidor, que siempre me encontraba con algún vigilante del idioma que me decía que mi gallego no era fetén porque no nasalizaba bien.

Me imagino un verano lleno de rastreadores de madrileños e inspectores de nasalización. Sería un error grave. La región que mejor los trate, se hará con ellos para siempre y no perdonarán ser recibidos con miradas oblicuas y reviradas. Necesitamos que compren jerséis azul marino decorados con nudos marineros, que se hagan selfies con una planeadora a sus espaldas, que exclamen: «¡Esto es vida!» los días de niebla y que se asombren en la plaza al descubrir que los gallos aquí se llaman rapantes mientras los clientes de toda la vida nos resignamos a que cuando ellos lleguen, suba el pescado.

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