La heroína ya no es aquel aparentemente inocente y domable potrillo al que se subieron los curiosos más atrevidos e ingeniosos durante el siroco que fueron los años ochenta y noventa. Hoy, miles de muertos después, tras cuatro décadas relinchando, el caballo sigue atravesando venas y pulmones para dejar sin alma (y dientes) a la que tendría que haber sido la regeneración de la generación que hipotecó su vida a cambio de agujas, tiras de albal y síndromes de abstinencia que hacen del delirium tremens una mera jaqueca pasajera. Pero los más fuertes resisten, ya sea con o sin ayuda. Y otros nuevos jinetes opositan para ganar una plaza de por vida en este hipódromo del que solo se sale con los pies por delante. Algunos se dejan ver, como en Vilagarcía estos días, reviviendo el fantasma de la peligrosa cohabitación entre consumidores y escolares que, igual que hace cuarenta años, pueden volver a caer fruto del mismo atrevimiento e idéntica ingenuidad. Y todo ello con un mercado de heroína que lejos de cesar, crece hasta volver a registros de los noventa, siendo la provincia de Pontevedra, por si no llegara con el trajín incesante de cocaína, el cobijo elegido por organizaciones, oriundas o extranjeras, para hacer de las Rías Baixas la sede social de sus empresas. Líderes también en la producción de dolor a costa de las familias ya castigadas por esta pandemia, pero siempre al acecho de otras nuevas que inmolar a cambio de un simple puñado de papelas.