Alumnas del Castro Alobre recorrieron Vilagarcía para descubrir todas las barreras con las que lidian a diario las personas con discapacidad. Y la ciudad ha suspendido
02 jun 2016 . Actualizado a las 12:50 h.Hace unos días, en los jardines de Ravella, muchos creyeron ser testigos de un milagro. Una adolescente se levantó de repente de su silla de ruedas y, caminando como si tal cosa, fue a saludar a un conocido. «La gente flipaba», cuenta Marta Maneiro. Ella acompañaba a Clara, la chica del milagro. Son compañeras de clase: las dos estudian cuarto de la ESO en el Castro Alobre. Y las dos estaban haciendo un trabajo del que también forman parte Noelia Gómez y Ángela Galiñanes. Se lo ha encargado José González, un profesor del departamento de Filosofía que se ha empeñado en dejar que sus alumnos descubran por sí mismos el mundo que les rodea. Con todo lo bueno y con todo lo malo que en él hay.
Cuenta el maestro que el objetivo último de este proyecto es conseguir que los chavales reflexionen sobre las causas de exclusión, sobre lo que separa. Que aprendan a ponerse en la piel del otro. Y, sobre todo, que no se queden de brazos cruzados ante lo que no está bien.
Los dos primeros objetivos los han cubierto con creces Clara, Marta, Noelia y Ángela. Llevan días yendo y viniendo del instituto en silla de ruedas, tropezándose en todos los obstáculos con los que lidian a diario las personas con algún tipo de discapacidad. Las rapazas están elaborando un largo historial de incidencias que trasladarán al Concello de Vilagarcía con el ánimo de contribuir a mejorar la ciudad.
Y hay mucho que mejorar, la verdad. Las acompañamos en su recorrido desde el Castro Alobre hasta el barrio de Os Duráns. Y vemos que las dos jóvenes que pilotan las sillas de ruedas tienen serios problemas con las aceras estrechas, con las rampas imposibles, con los bordillos demasiado altos. La lista de barreras es aún mucho mayor. «El barrio de Os Duráns es imposible», dicen. Completamente intransitable para quien va en silla de ruedas. En otras zonas, los problemas son los coches que invaden las aceras sin rubor. O las empinadas pendientes. ¿Y qué decir de los edificios que obligan a quienes los habitan a superar escalones para poder llegar al ascensor? «Solo por eso, todas nosotras tendríamos que mudarnos si nos moviésemos en silla de ruedas», explican.
Hoy les toca a ellas poner nota. ¿Aprobaría Vilagarcía un examen de accesibilidad? «No, suspenso seguro», Ángela y Noelia. Clara intenta ser más benévola. «Como mucho un cinco...», empieza a decir. Pero enseguida, al recordar los problemas que acaba de vivir a bordo de la silla de ruedas, rebaja la cifra.
Sobran las barreras físicas. Pero aún hay otras a tener en cuenta. «No hay mucha gente amable», dicen las chicas. «Todo el mundo se nos quedaba mirando como si...», Clara deja la frase en suspenso. Le pedimos que la termine. «Como si pensasen ?¿y a este chica que le pasó??». Noelia remata. «Se te quedan mirando casi como si fueses un alienígena».
Pero además de mirar con esa mezcla de lástima y distancia, la gente «se impacienta si estás intentando subir a algún sitio y no eres capaz y le cortas el paso». O, simplemente, «no se apartan cuando ves que intentas subir a una acera». Pasó en el paso de peatones de la Plaza de Galicia, donde una de las alumnas participantes estuvo a punto de acabar en el suelo. «En general, la gente nos reprochaba [a las muchachas que iban en silla de ruedas] que no ayudásemos más a nuestras amigas, pero en todos estos días solo ha habido un chico que haya venido a echarnos una mano. Y él no dijo nada».
Ahora, más conscientes de todas las barreras que esconde la ciudad, nuestras jóvenes estudiantes se niegan a quedarse quietas. Harán un informe y lo remitirán al Concello. Ojalá alguien preste atención a unas jóvenes que han descubierto que el mundo debe ser cambiado.
«Invitamos al alcalde a que venga al instituto»
«Invitamos al alcalde a que venga al instituto; queremos hablar con él». Quieren decirle «que ponga un semáforo para mi hermano», cuenta Ángela. Su hermano es ciego y necesita señales acústicas. «En el semáforo de enfrente al instituto las pusieron una temporada, pero las quitaron porque los vecinos protestaban». Quizás les falte empatía.