En Valga, el ritual de dar muerte a un cerdo dio paso a una gran comida
16 mar 2014 . Actualizado a las 06:51 h.El padre de José Burés era el que se encargaba de sacrificar a los cerdos que se criaban en casa. «Tamén os de moitos veciños», cuenta este anciano infatigable, que ayer acudió temprano al patio del colegio Ferro Couselo (Valga) para no perderse nada de la Festa da Matanza que allí se estaba montando. «Eu a unha boa festa nunca lle digo que non», explicaba con su luminosa sonrisa. Así que allí estaba, apoyado en su bastón y con la mirada yendo y viniendo sobre el enjambre de hombres que se afanaban en cumplimentar los rituales de la matanza. En el centro de todas las miradas estaba, de cuerpo presente, un cerdo «recortado pero bo, cunha boa banda e unhas boas cachas».
El animal había pasado todos los calvarios que exige la tradición. Tras ser entregado a la muerte, ardió en el fuego que habría de purificar su piel y le fueron retiradas las vísceras. Luego, reconvertido su cuerpo en ese objeto de culto que siempre fue el cerdo en Galicia, el animal o lo que de él quedaba fue trasladado al lugar en el que habría de ser colgado. Lo llevaron varios hombres en volandas, colocado pulcramente encima de una suerte de altar pagano, mientras algunas voces irreverentes ponían música solemne al momento y el público -que lo había- ahogaba carcajadas de regocijo.
Y es que, si algo tiene la fiesta de Valga, es que sirve para que los vecinos de más edad se regocijen. Que disfruten volviendo atrás, a aquellos tiempos que ya se fueron, que «non eran mellores», pero que eran los suyos. Los de su infancia y su juventud, cuando la matanza servía para reunir a familias y vecinos, convirtiendo el trabajo y la fiesta en las dos caras de una misma moneda.
La fiesta que ayer se celebró en el Ferro Couselo fue, exactamente, eso. Una reunión de vecinos que primero cumplieron los deberes de la matanza y, después, acabaron dándose un banquete a costa de otro cerdo que había sido sacrificado unos días antes. Pudieron hacerlo gracias a las mujeres, ese ejército que entre bastidores preparó el unto del cerdo y transformó su sangre en filloas. Entre otras muchas cosas, claro, porque también se encargaron ellas, con sus mandiles de alivio de luto, de cocinar dos grandes potas de callos, unos rixóns que quitaban el sentido, un cocido con grelos recogidos en las huertas de Valga, y bolos de pote con el sabor de la tradición.