La casa que no puede con más tormentas

Los creadores de O Grove alumbran el movimiento Torremakers a fin de crear un clima social que salve la Torre dos Mestre, el único BIC meco

Aunque formalmente son una asociación de comerciantes, los Grovemakers son mucho más que eso. Son artistas, personas que aman la cultura. Son, como su nombre indica, hacedores, constructores o fabricantes de la mejor versión de O Grove. Los Grovemakers, como todos los vecinos de esta localidad arousana, llevan toda la vida viendo como se desmorona el único Bien de Interés Cultural (BIC) de la localidad: una casa modernista por cuyas estancias pasaron algunos de los grandes personajes de la cultura gallega; desde el poeta y periodista Luis Antonio Mestre, hasta el conservero Eugenio Escuredo, fundador de la Cerámica Artística de Pontecesures.

Abandonada desde los años noventa del siglo pasado, la casa se ha ido desmoronando poco a poco. Pero de un tiempo a esta parte, su deterioro ha ganado tal velocidad, que Andrea Menéndez está convencida de que «outra tormenta forte máis, e cae todo». Tras llegar a esa conclusión, la asociación de creadores de la que forma parte decidió poner todo su talento al servicio de la casa, a fin de lograr que «alguén bote man dela». Rebautizados para esta batalla como Torremakers, han utilizado su energía creadora para convertir a la casa en protagonista de obras artísticas que han inundado las redes sociales, y también las calles. Su objetivo: utilizar el lenguaje que mejor conocen para conmover a los vecinos de O Grove y generar una gran ola social que arrastre a las administraciones a cumplir con un deber que han desatendido mucho tiempo: cuidar el patrimonio que es de todos. Y la torre, recuerdan Andrea y Leticia Castro, es un pilar sobre el que reconstruir la historia local. Es, además, «do pouco que queda». Porque en O Grove, «ás veces, por ir á última, se fixeron as cousas a bulto, tirando o que había que conservar», destrozando la herencia recibida en aras de una modernidad mal entendida.

Los artistas de Torremakers no quieren ser cómplices del maltrato al patrimonio, de la desmemoria colectiva. Por eso han decidido llegar a la sociedad, especialmente a los más jóvenes, y hablarles de la Torre y de quienes en ella vivieron. Quieren rescatar ese pasado para, sobre él, construir un futuro más brillante y más armónico. Y sus acciones, dicen, parecen comenzar a dar sus frutos. Comienza el runrún en la calle. La Torre abraza su última oportunidad. 

El edificio que aún queda en pie es solo una pequeña parte de lo que en su día fue. Así lo explica el historiador Francisco Meis, que ha profundizado en la historia del inmueble y de quienes lo habitaron a lo largo del tiempo. El pazo original, explica, fue construido alrededor del año 1700; era una casa solariega con una capilla tras la que crecían unos cipreses. La descripción encaja, a la perfección, con la casa que aparece en el escudo de O Grove.

Aquella primera vivienda fue construida por Joaquín Fernández, cuya familia la ocupó hasta bien entrado el siglo XIX. Sus descendientes se la vendieron a Luis Mestre Roig, hijo de una familia de fomentadores catalanes que se habían afincado en Vilaxoán. Luis Mestre Roig emigró a Cuba y regresó, rico, a la Galicia de 1862. Hacia 1880 se instaló en O Grove, donde habría de convertirse en administrador del Balneario de A Toxa. Compró la vieja casa solariega, en la que vivió con su mujer y sus dos hijos: Luis y Luisa, que a su muerte se repartieron la propiedad. A la derecha del viejo pazo, Luisa construyó una casa «con galería e cunha entrada monumental de cemento Portland». Al otro lado del viejo edificio, el poeta Luis Antonio Mestre levantó una preciosa casa modernista, en la que creó dos espacios singulares: un salón japonés y otro árabe, pensados para recibir la visita de sus ilustres amigos: de Manuel Murguía a Curros Enríquez, de Lamas Carbajal a Emilia Pardo Bazán...

La historia de la casa se complicó con la muerte de Luis Antonio Mestre en 1921 y en la crisis económica de la familia de su hermana Luisa. En los años treinta, la finca original se había partido en dos: los conserveros Eugenio Escuredo y Francisco Lores se hicieron con las viviendas. El primero se quedó con la casa de Luis y la mitad izquierda del pazo; el segundo, con la de Luisa y la mitad derecha del edificio original.

De la parte de Lores nada queda. En los años cuarenta, derribó la capilla de 1700 y buena parte de la casa de Luisa para construir la famosa «Torre de Lores», un signo de poderío que sería derribado en los años noventa, dejando paso a un edificio mastodóntico que condenó a la ruina la mitad del inmueble de los Escuredo.

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