Paso mucho de Samil


Cuando vamos a O Grove, siempre le digo a mi marido que no se apee del gallego ni en los puestos de la plaza ni en los bares ni en los restaurantes. Porque, Dios nos libre de que lo confundan con uno de fuera, aunque nosotros, los de Ourense, también somos de fuera. Pero menos. Estos días hay quien confunde el tiro y dispara directamente a madrileños u ourensanos cuando la diana hay que hacerla en los que se saltan las normas. ¿Acaso, a estas alturas de la pandemia, no sabemos que los imbéciles lo son independientemente de su lugar de nacimiento o residencia? Así estamos, asistiendo a una nueva entrega de los policías de balcón, que andan a la caza de foráneos como si fueran pokémones. No es una sensación nueva. Yo la he tenido muchas otras veces, en distintos puntos de las Rías Baixas, y con tantas excepciones como gente riquiña hay por ahí repartida. La sensación de «Ahí viene el turista, qué pereza, a ver si se la meto doblada, no por nada, por fastidiar». Y la verdad es que no me parece nada inteligente. Los ourensanos, los madrileños o los de Calatayud somos, al final, los que nutrimos a un importante tejido económico pagando alquileres de verano, habitaciones de hotel o hasta el IBI, si es el caso; llenando restaurantes; visitando supermercados, librerías, farmacias, mercados... Pagar no nos da derecho a nada más -insisto en lo de los imbéciles- pero tampoco debería darnos derecho a menos. Entiendo que pueda molestar ver playas petadas de gente que «no hace gasto», porque se trae el bocata y la cerveza de casa. Pero es que si nos vamos a poner a colocar alambradas con espinas en los arenales, mal vamos. Y además, no lo pueden pagar unos por otros o la palabra turista acabará convertida en un insulto. Si no son capaces de verlo, que cierren el chiringuito, nunca mejor dicho.

En mis primeros veranos en O Grove una niña del pueblo me llevaba con ella a vender pulseras a A Toxa, cuando yo la llamaba La Toja. Así que tengo que cruzarme todavía con mucho insolente para que se me quiten las ganas.

Y un apunte para los que nos tachan de invasores: sí, soy ourensana, pero de verdad que paso mucho de Samil.

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