El último arreón que el Concello de Vilagarcía practicó para tratar de poner coto a la nauseabunda proliferación de deposiciones caninas disfrutó de justa celebridad gracias al juego de palabras que daba nombre a la campaña: «Caca, culo, please». La iniciativa fue presentada por el entonces alcalde, Tomás Fole, junto a su concejal de Medio Ambiente, Jesús Longa, en junio del 2014. Ravella se proponía actuar con firmeza y desplegar policías locales de paisano para identificar a quienes obviasen recoger los excrementos de sus mascotas. La ordenanza sanciona esta práctica con multas que oscilan entre los 30 y los 300 euros. Año y medio después, las cosas, sin embargo, no han mejorado.
El nuevo gobierno de Cambados se topó con el problema este verano, al analizar los resultados de las patrullas ambientales protagonizadas por los chavales: el paseo y San Tomé estaban sembrados de inmundicia perruna. Fátima Abal prometió tomar medidas. Pero solo O Grove, donde las multas se cuentan por docenas, se ha tomado en serio el irrebatible principio de que uno aprende cuando el bolsillo duele.