Un tenor búlgaro de escala en Catoira

Tras recorrer el mundo en cruceros cantando ópera, Iván Beilekchy ha hecho una pausa en el municipio vikingo


catoira / la voz

De vez en cuando, los vecinos de As Lombas, en Catoira, dejan lo que están haciendo y se quedan muy quietos. Escuchando. Desde algún rincón llega hasta ellos una voz potente, rotunda, poderosa, cantando ópera. Al principio fue una sorpresa. Con el tiempo ya no: ahora todos saben que esa música que cuando menos se lo esperan asalta sus vidas proviene de la casa en la que, desde hace meses, vive el tenor Iván Beilekchy. «Él se pone a cantar y no se da cuenta de que, aunque esté dentro de casa, su voz es tan potente que lo oye todo el mundo», cuenta, con una sonrisa, su pareja, la pop soprano Agustina Guzmán.

Ella tiene mucho que ver en la llegada de Iván a las tierras de Catoira. La pareja se conoció a bordo del crucero Preziosa, en el que trabajaban como parte del elenco artístico que cada noche ofrecía un espectáculo para los viajeros. Ella, en números de corte más moderno e internacional. Él, cantando ópera. Fue escuchándolo como se empezó a fraguar una relación que se levanta sobre un rotundo respeto mutuo, sobre una admiración que viaja en doble dirección. Una relación lo suficientemente fuerte como para que, cuando ella decidió tomar tierra y pasar una temporada en suelo firme, él decidiese seguirla. Y así llegó a Catoira. «Yo estoy esta temporada en una orquesta, en Galicia, y buscando un sitio en el que instalarnos, llegamos hasta aquí». «Y esto nos encanta», apostilla Iván, que en apenas unos meses habla un español fluido: hasta se ha aprendido algunos chistes y, también, ciertos juramentos. Anclado en tierra, Iván canta en casa. Canta para sus gallinas, para las plantas del jardín y para todo aquel que quiera escucharlo. «Yo me he tomado esto como un descanso», dice. Y así, tranquilo, vivía hasta que una noche, como tantas otras, fue a disfrutar de la velada a O Galeón Vikingo, un bar que siempre abre sus micrófonos a la colonia creciente de artistas que allí paran. Iván se puso a cantar y su voz -la voz que descubrieron hace muchos años sus maestros, la voz que cultivó en la academia de música de Odessa, la voz también que ganó un festival internacional en Ucrania- consiguió despertar la admiración del público. Así que, desde detrás de la barra, Fernando, el dueño del bar, no tardó en hacerle una propuesta. ¿Por qué no daban Iván y Agustina un concierto?

«Cielito lindo»

«La música engancha», confiesa el tenor búlgaro. Así que no lo dudó. Junto con su compañera de viaje montó un espectáculo en el que tuvieron que trabajar mucho «para armonizar dos voces muy diferentes». Y prepararon un repertorio alejado de los temas de ópera más rotundos, que fueron sustituidos por otros de Andrea Bocelli y de Il Divo, y por clásicos como O Sole Mio, Carusso, Granada y Cielito Lindo, que fue, asegura, la primera canción en español que cantó.

Aquel espectáculo fue un éxito rotundo. «No esperábamos tanta aceptación», cuentan ellos, asombrados aún al recordar como el bar se fue llenando hasta no quedar ni un hueco. Así que, ahora, Fernando les ha arrancado el compromiso de que harán una segunda actuación. Esta vez, advierten, la cosa sonará a Broadway. «Y también cantaré un tema en gallego», anuncia el tenor.

En todo caso, la escala en Catoira tiene fecha de caducidad. Cuando acabe el verano, y con él las verbenas, la pareja tiene previsto volver a enrolarse en cruceros. Será su último viaje antes de anclarse definitivamente. «La vida está en tierra», apunta Iván. ¿Podría ser en Catoira? La respuesta, a estas alturas, está abierta: todo va a depender de las oportunidades que les salgan al paso. Aquí ya han tanteado unas cuantas: desde darle más proyección a su dúo musical, a que Iván se convierta en profesor de canto, para lo que solo tendría que convalidar su formación en Ucrania. «Yo flipo aquí, en este país, con la calidad y la educación de la gente. Si pudiese hacer aquí mi carrera sería feliz», dice.

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