El profesor de la bata blanca

José Ramón Alonso de la Torre
J.R. Alonso de la torre REDACCIÓN / LA VOZ

CAMBADOS

Nicolás Viqueira, un catedrático de Electrónica que mezclaba la pasión con la ternura y el ímpetu con el afecto

08 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El curso 1981-82 empezó con retraso en el instituto de Formación Profesional de Fontecarmoa. Era mi primer trabajo, acababa de cumplir los 24 y no sabía cómo debía ir vestido un profesor. Tras mucho dudar, opté por algo convencional y serio, o sea, americana azul marino, camisa azul celeste y pantalón gris marengo. Completando el atuendo, un maletín de polipiel que me había regalado mi madre. Nada más entrar en el instituto, me percaté de que estaba haciendo el ridículo: la mayoría de los profesores vestía vaqueros, polo, camisa informal o camiseta y una bolsa colgada al hombro. Aunque quien más me llamó la atención fue un profesor que llevaba una bata blanca, algo que nunca había visto en mis años como alumno. Aquel profesor se llamaba Nicolás Viqueira Pérez y falleció hace diez días.

Ni que decir tiene que el segundo día de clase arrumbé el maletín de visitador médico en un armario para no volver a utilizarlo jamás, compré tejanos y camisa de franela y de esta guisa informal y moderna asistí al primer claustro de mi vida. Y de nuevo me llamó la atención el profesor Viqueira, que se había despojado de la bata, pero en sus intervenciones claustrales era explosivo, impulsivo, apasionado y hablaba muy deprisa, con una mezcla de gallego y castellano de la que solo entendí algo relativo a unos lacóns que llevaba en el tren a Madrid cuando era estudiante y alrededor de los cuales tejió una parábola relacionada con la enseñanza.

Aquel hombre sacudió mi curiosidad de joven e inexperto castellano parlante y me impulsó a estudiar gallego inmediatamente. También me convirtió en un devoto comedor de lacones, una carne de la que nunca había oído hablar, al menos con ese nombre. Pero, sobre todo, fue el instante iniciático de lo que sería una amistad larga con Viqueira, con Colás, con uno de los tipos más sinceros, impulsivos y sin dobleces que he conocido.

Fue hace diez días cuando me comunicaron por teléfono la muerte de Nicolás Viqueira y desde esa llamada, no hago más que darle vueltas a la memoria. Es que, un servidor, en Vilagarcía, tenía tres amigos con los que una vez al trimestre iba a comer y pasábamos unos ratos inolvidables. No parábamos de hablar, de reír, de recordar. Y ahora, en Cáceres, donde no disfruto de ninguna comida de amigos, ni trimestral ni anual, todo es nostalgia de la última vez que Nicolás Viqueira, Benigno Rey, Luis Portilla y el que suscribe comimos juntos. Fue en junio de 2001, en un restaurante llamado Tropezón situado justo después del puente sobre el Umia en Cambados. Entre un San Cristóbal de metro y medio y un póster de la virgen, comimos cigalas, almejas, merluza, albariño, mousse de limón y café con gotas. Recuerdo el precio, 3.000 pesetas por barba, aunque el único que gastaba barba era Viqueira, y recuerdo a Luis, a Benigno, que también se fue, y a Nicolás.

El profesor Viqueira era ingeniero de Telecomunicaciones cuando esa carrera era una de las más raras que se impartían en la universidad española. Al licenciarse, las ofertas suculentas de trabajo le llegaron desde empresas fuertes, pero prefirió la enseñanza pública, la bata blanca, la tiza y formar a alumnos de Electrónica, una especialidad nueva y necesaria en la Galicia de los 80. A lo largo de sus años como profesor de Electrónica y de la historia del instituto de Fontecarmoa, solo una mujer acabó los estudios de Electrónica, se llamaba y se llama Mónica Rodríguez Ferreirós. Nicolás estaba muy orgulloso de ella y la foto que ilustra este Callejón del Viento lo demuestra. Se hizo en 2003, en Casa Rosita de Cambados, durante la cena para conmemorar el 25 aniversario del instituto.

Nicolás Viqueira era un hombre humilde y divertido. Jamás se dio importancia por su ingeniería, tan poco común en su tiempo, y, cuando alcanzó la cátedra por méritos de años y formación, ironizaba sobre su nueva condición docente diciendo que él solo era un catedrático chusquero, como esos sargentos que suben de grado por antigüedad, sin academia militar. No le preocupaban lo más mínimo temas banales como la figura o el atuendo y cuando, al cruzar los patios y pasillos de Fontecarmoa, escuchaba a los alumnos comentar algo sobre su barriga, se partía de risa, aunque no interactuaba para no verse obligado a reñirles por la falta de respeto.

Nunca tuvo veleidades políticas, aunque recuerdo las elecciones a director en el instituto de Fontecarmoa en 1985. Fueron las elecciones de los escritores, cuando los novelistas Bieito Iglesias y Miguel Suárez Abel pugnaron por la dirección. Viqueira iba en el equipo de Bieito, perdieron y Nicolás se quitó un quebradero de cabeza.

Aquel espíritu lleno de brío, corazón y emociones tenía el contrapunto del equilibrio y la templanza en la figura de Mari, María Digna Franco Barreiro, su mujer, siempre atenta, cariñosa, dulce, equilibrada… Adoraba a Colás y a María, sus hijos, y las últimas veces que nos vimos, el eje de la conversación y la emoción era Jaime, su nieto. Mi memoria sigue dando vueltas y mezcla al profe impetuoso de la bata blanca con el abuelo tierno de la barba blanca. Así lo recordaré: enérgico en las formas, afectuoso en el fondo.