Matías Varela: «Esta fiesta la celebramos muy duro»

La devoción del actor por la Festa do Albariño le hizo, incluso, renunciar a algún trabajo. Este año es su pregonero

Matías Varela, pregonero de la Festa do Albariño Matías Varela, pregonero de la Festa do Albariño

cambados / la voz

Haberse criado en Suecia no le impidió vivir la esencia de la Festa do Albariño. Hijo de cambadeses, Matías Varela ponía rumbo a O Borrón cada verano, de modo que acabó no solo convertido en un cambadés más, sino también hablando «o ghallegho de San Tomé» al mismo nivel que el español, el sueco y el inglés. Matías Varela aterrizó en la villa el mes pasado con su hijo de año y medio en brazos, recién llegado de rodar en Colombia. «La idea es darle a él la misma oportunidad que tuve yo de conocer el idioma y la cultura gallega». El actor nos habla de su carrera, de cómo ve la vida y, por supuesto, de su reto más inmediato: pregonar la Festa do Albariño.

-¿Pensó alguna vez verse en el balcón del Concello en esta tesitura?

-Alguna vez de niño y cuando empecé a soñar con trabajar en el cine pensé con estar en la comida del Albariño o algo así, pero nunca en ser el pregonero.

-¿Cuál es su relación con la fiesta?

-La celebramos muy duro. Mi quinta, la del ochenta, vivimos el bum de las camisetas y de todo aquello. Era fiesta, fiesta y fiesta. Aquí ni Fin de Año, ni Nochebuena, aquí la fiesta grande es el Albariño. Luego te haces mayor y cambian las cosas.

-¿Ya tiene escrito el pregón del miércoles?

-Va a ser cortito, tampoco soy tan interesante. Hablaré de lo que me parece el pueblo y lo que me enorgullece de él.

-¿Qué le enorgullece?

-La cercanía de la gente, la comida, los parajes, la ría…, me encanta el mar, es una maravilla.

-Usted ha viajado bastante, ¿sabe el mundo donde está Cambados, ahora que es Ciudad Europea del Vino, o es demasiado pretencioso plantearse algo así?

-Depende de con quien hables. Si haces la referencia de Santiago, la gente sí sabe donde está Galicia.

-¿Cómo nos perciben por ahí fuera?

-La percepción cambió mucho en unos años, quizá por el cambio climático. Yo soy de los que cree en él. De repente, Galicia se transformó en un lugar donde veranear, con más sol, hasta el punto de que la llaman Galifornia. Eso atrae a más gente, para bien y para mal.

-¿Con qué Cambados se queda, con el de ahora o el de su niñez?

-Para mí es muy fácil hablar porque mi economía no está acoplada a la vida cambadesa, es más difícil para la gente que tiene que vivir aquí. Sin basarme en el día y día y con cierto filtro infantil, digo que me gustaba más el de antes, pero insisto, esto es dicho por alguien que se puede permitir el lujo de venir de vacaciones. Quién soy yo para decir que los turistas no deberían venir, eso deja mucho dinero en Cambados. Yo soy el primero que hablo bien de Cambados porque es muy bonito, está limpio y es tranquilo.

-Su juventud coincidió con la época gloriosa de la movida cambadesa...

-Yo la pillé a tope, desde los quince hasta los veintitantos. Cambados tenía una vida nocturna muy afilada.

-De aquellas noches locas y del Albariño, ¿puede contar alguna anécdota o son todas inconfesables?

-Algunas cosas no se pueden contar (risas). Cuando se celebraron los cincuenta años de la fiesta, aquello fue muy duro, mucho para el cuerpo porque fueron muchos días consecutivos; afortunadamente me pilló joven. Ahora soy padre y vives la vida de otra manera. Empiezas a disfrutar del Albariño de día. Lo bueno de esta fiesta es que puedes pasarlo genial de día y de noche.

-Son fechas propicias para los reencuentros, usted es ejemplo de ello, ¿ha sido siempre fiel a la fiesta?

-He faltado algún año pero muy pocos, diría que para venir hasta he hecho cosas cuestionables desde un punto de vista profesional. Una vez dejé un trabajo por un

Albariño, y esas son palabras mayores. Tenía 28 años.

-¿Compensó?

-Por suerte no me perjudicó. Después, el domingo, me cayó la cara de vergüenza cuando me di cuenta de lo que había hecho, pero no fue un daño irreparable. Ahora es una buena anécdota, me sirve para contar: fui al Albariño y perdí un trabajo, fun ao raño e perdín o teléfono.

-¿Qué hace un sueco mariscando con el raño?

-Fui con mis colegas de toda la vida, echabas una mano. Yo no me considero ni sueco ni español, yo me considero de Cambados y del sur de Estocolmo, ni más ni menos. Soy un ciudadano del mundo y siempre y lo seré.

«Siendo hijo de cambadeses en Suecia, llegar a Hollywood era una posibilidad remota»

El nombre y la cara de Matías Varela todavía no son populares en España, pero todo se andará. En septiembre se empieza a emitir Narcos, una gran producción que triunfa en todo el mundo en la que interpreta al jefe de seguridad del cartel de Cali.

-Está en un momento dulce...

-Estoy empezando mi carrera entre comillas. Hace cinco años

empecé en el mercado internacional con papeles secundarios y ahora hago mi primer papel protagónico. Nunca tuve la idea de ser Tom Cruise. Siendo hijo de cambadeses en Suecia, las posibilidades de ser actor sin ser rubio y de llegar a Hollywood eran muy remotas, a no ser que seas guapísimo, y tú me tienes delante... Pero yo no puedo vivir en un mundo donde estoy sentenciado a ser una mierda por no ser rico.

-Noto un poco de resquemor...

-Quizá. No soy sueco, no me dejan, solo tengo pasaporte español. Aunque ahora que soy uno de los protas de Narcos, ahora sí soy sueco y ahora sí soy cambadés, ahora soy de todos. ¡Mira! [muestra los tatuajes que le cubren la piel con mensajes como Entre dos tierras, Que me quiten lo bailado, Somos dueños de nuestro propio destino… ]. Yo digo que soy un cambadés-estocolmita. El nacionalismo no me gusta, lleva al fascismo, el mundo sería un sitio mejor sin fronteras.

-¿Cómo empezó en este mundo?

-De joven fui actor un año, después trabajé con ancianos cambiando pañales, en la construcción, me fui a Tailandia, volví a la construcción para trabajar en Brasil... Y un día, estando en Cambados, vi a mi madre con el libro Dinero fácil, y dije, yo quiero hacer esta película. Llamé al productor, me llamaron, me hicieron ocho cástings..., al primero fui con el casco de la obra. Tuve suerte. Actúo como sé, sobre todo hay que ser humilde.

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