Desbordado

José Varela FAÍSCAS

A ILLA DE AROUSA

Después de tanta lluvia, el Mera ocupaba las tierras llanas del fondo del valle, una vega fértil hoy en barbecho en la que viejos manzanos se retuercen contra el paso del tiempo, y aún sostienen frutas arrugadas pendidas de algunos vástagos. El paisaje es un réquiem silente de la fertilidad de unos suelos de aluvión sometidos a un prolongado e inexplicable abandono. El río, terroso y desatado, había conquistado sus riberas y sepultado los senderos de la orilla, y, cerca de la fuente de A Illa, en el pozo da Volta, obligaba al cañaveral a inclinarse a su paso, como una reverencia. Tal era la crecida que me resultó imposible escrutar el lecho de cantos y grava que remonté incontables veces en primavera y verano, cuando el río reposa y se deja hacer. Como un curtido mastín transige el ramoneo de un joven gato doméstico sobre su pelaje sin alterar su pachorrudo sesteo. Como el can, el río podría engullir a un pescador y hacerlo desaparecer entre sus fauces, no hay más que reparar en la poderosa arrogancia de un desbordamiento tras las lluvias. Tal vez los pescadores sean respecto al río como esos pajarillos, los pluviales, que apeonan en la boca de los cocodrilos para hacer las funciones de mondadientes, quien sabe si ajenos a la ferocidad de las mandíbulas de los reptiles. O como los domadores circenses, que arriesgan su testuz entre los colmillos de majestuosos leones extraditados de su sabana. El río también podría engullir en un santiamén a un pescador con vadeadoras, caña y cesto incluidos. Pero se deja hacer, como una muestra más de la generosidad de la naturaleza, desdeñada con tan ciega pertinacia. Pareciera que mirase hacia otro lado. No sé.