Harta de buscar a alguien que le diese una oportunidad, Andrea ha creado su propio taller de ilustración
19 feb 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Pertenece a esa generación que creció convencida de que «si estudiabas y te formabas, todo iba a ir bien». Así que estudió: Publicidad y Comunicación Audiovisual. Luego probó el «sistema tradicional de echar currículos». Pero no dio mucho resultado. Aún así insistió. «Hasta que me cansé de esperar a que alguien me diera una oportunidad, y decidí dármela yo misma». Entonces, echó mano de los conocimientos que había adquirido en el Centro Internacional de la Estampa Contemporánea, «un lugar increíble que está en Betanzos», y decidió dedicarse a contar historias, que es lo suyo, a través de la ilustración y la serigrafía.
Así nació La Platanera. El proyecto vive en Internet desde hace unos tres años, pero este verano Andrea decidió darle cuerpo. «Llevaba un tiempo pensando qué hacer. Después de muchos años fuera de A Illa, no estaba segura de que este fuese el sitio adecuado para quedarme. Pero al final he descubierto que este es un sitio muy especial, con una energía muy especial, y que tengo que estar aquí». Así que, poniéndose el mundo por montera, convirtió el alboio en el que su abuelo guardaba sus aparejos de pesca en un taller luminoso. Y la casa, en una residencia artística a la que este verano llegaron ya los primeros inquilinos: una mezcla de personas interesadas en el arte y en «vivir A Illa desde dentro, y en concreto desde dentro de un taller».
En el interior de su alboio, Andrea se convierte en una mujer orquesta. Crea sus dibujos, plagados de motivos tropicales y marinos. Los imprime en camisetas, en cajas, en cojines o en vajillas. Prepara todo para asistir a las ferias en las que vende su obra, atiende los pedidos que llegan a través de Internet, pone en marcha sus campañas de publicidad... «Hago un poco de todo», reconoce una mujer que, sorprendentemente, se siente agradecida porque «nadie me diese aquella oportunidad que buscaba. Me obligaron a tomar mi propio camino. No es el más fácil, es verdad, pero me siento feliz de haberlo emprendido. Era lo que tenía que hacer».
El negocio parece afianzarse. «Algo voy vendiendo, poco a poco», cuenta. Reconoce que se ha llevado una sorpresa al descubrir que «la gente, en Galicia, apuesta bastante por el trabajo artesano, lo valora». De hecho, en nuestra tierra se ha ido configurando, poco a poco, un circuito de ferias que permiten que gente como Andrea puedan mostrar su obra, tender puentes, compartir experiencias. «Busco ferias con un punto diferente, que tengan un sentido, que permitan unir tradición y modernidad», dice. Cuando encuentra escenarios que cumplen con esas exigencias, la mujer orquesta de A Illa embala algunos de sus trabajos y parte. En su puesto se puede encontrar arte de ese que quiere ser usado, vivido, tocado. «Enseguida supe que quería hacer ilustraciones que se muevan, que tengan vida, que se puedan usar, que acompañen a la gente», dice nuestra artista.
Optimismo en blanco
Un suspiro se escapa de entre sus labios pintados de rojo. Es un suspiro de felicidad, dice con naturalidad, consciente de su fortuna. Es un suspiro que intenta imprimir en cada uno de sus trabajos. «La Platanera es optimismo, tiene que transmitir cosas buenas», señala Andrea. Ella se siente parte de una red invisible: «Compro los suministros y llevo las piezas a cocer lo más cerca posible, creo que es una buena idea trabajar así, apoyándonos unos en otros», reflexiona la ilustradora sentada ante su obra. Desde un plato, los ojos de un hombre nos miran mientras hablamos. «Es Julio. Vive en la calle en Pontevedra». Forma parte de un proyecto que se llama Kalea, que en euskera significa calle.
Con Julio como testigo, Andrea nos invita a volver a su estudio cuando queramos. Quiere convertirlo en un punto de encuentro. En un foro de debate, de confrontación de ideas y de experiencias. «Para eso está», señala. A veces da cursos en él. Otras veces lo alquila para proyectos de nuevos creadores. Y poco a poco el viejo alboio se va llenando de los ecos de mil voces.
Estudió Publicidad y Comunicación Audiovisual, buscó su camino lejos de A Illa, y ahora ha vuelto a un lugar «cargado de una energía especial»
Hace tres años creó su empresa de ilustración,
que ha ubicado en el viejo «alboio» en el que su abuelo guardaba hace años sus aparejos de pesca
Como una «mujer orquesta», se encarga de la producción y venta de toda su obra